El príncipe se acordó del famoso «banco de los suicidas» en los jardines del Casino. Una leyenda para periódicos. No existía. Cuando se mataban varios en un mismo banco, la administración lo hacía cambiar de sitio inmediatamente. También era una exageración folletinesca lo de la abundancia de suicidios: dos ó tres por año nada más. Según Castro, había pasado de moda esto de matarse en Monte-Carlo; resultaba una falta imperdonable de buen gusto; lo discreto era irse lejos y desaparecer sin ruido. Además, la policía de la casa tenía buen ojo para conocer á los desesperados, y les facilitaba un billete de ferrocarril, aconsejándoles que se matasen buenamente en Marsella, ó cuando menos en Niza ó Mentón.
Estaba Miguel cerca de la «mesa del suicida», junto á la entrada de los salones privados, cuando notó cierto revuelo en el público. Se buscaban los grupos para transmitirse una noticia; los antiguos clientes se agitaban con una emoción profesional. Algo importante estaba ocurriendo. El príncipe conocía el significado de estas ráfagas de curiosidad: un jugador ganaba ó perdía de un modo extraordinario.
Cierto nombre llegando vagamente á sus oídos hizo que su atención se concentrase.
—La duquesa de Delille... Doscientos mil francos...
Todos los que tenían permiso para jugar en los salones privados se precipitaban hacia la gran puerta de cristales que da acceso á ellos. Miguel siguió esta corriente.
Se vió en una pieza enorme, de techo altísimo. En uno de sus lados se abrían cuatro grandes balcones sobre las terrazas y el Mediterráneo. A causa de la guerra estaban cubiertos con unas telas obscuras para ocultar la luz interior. El muro de enfrente lo llenaban varios espejos gigantescos. En lo alto, diez y seis cariátides blancas y pechugonas, encorvadas bajo el peso del techo, sostenían anchas bandas de cristales de roca con bombillas eléctricas que dejaban caer un resplandor lunar.
Los curiosos pasaban indiferentes ante las primeras mesas de juego, para agolparse en torno de la última, la del «treinta y cuarenta», al pie de un gran cuadro en el que tres buenas mozas desnudas, sobre un fondo de arboleda obscura igual á los jardines de Boboli, representaban Las Gracias florentinas.
Allí estaba el fenómeno. Avanzando su cuello entre los hombros de dos curiosos, vió á Alicia sentada á la mesa, con aspecto pensativo. Todas las miradas convergían sobre ella. Ante sus manos se amontonaban varios fajos de billetes y muchas fichas formando pilastras: fichas ovaladas de quinientos francos y rectangulares de á mil, llamadas «jaboncillos» en el lenguaje del Casino, á causa de su forma.
Ella levantó de pronto la cabeza, como si el instinto le avisase una presencia interesante, y sus ojos se dirigieron rectamente hacia Miguel. Le saludó con una sonrisa de felicidad. Pareció besarle con la mirada. Y todos, con esa sumisión de las muchedumbres cuando se sienten dominadas por el entusiasmo ó el asombro, siguieron sus ojos para conocer al hombre que era acogido de este modo por la heroína. El príncipe sintió halagada su vanidad, lo mismo que cuando un artista célebre le saludaba desde la escena y seguía cantando con la mirada puesta en él, para dedicarle sus gorgoritos; lo mismo que cuando, de joven, un matador de toros le dirigía un gesto amistoso antes de dar la estocada final. Alicia parecía brindarle su gloria.
Pero inmediatamente volvió á recogerse en su ensimismamiento. No estaba sola. Alguien invisible y poderoso se erguía detrás de su asiento, ó se inclinaba para soplar en su oído el consejo certero, la resolución inesperada, la audacia original. Sus ojos, animados por una luz fosforescente, contemplaban lo que nadie podía ver. Su boca muda se estremecía con nerviosas contracciones, lo mismo que si hablase á un ser misterioso que no necesitaba del sonido para oir. Miguel adivinó junto á ella la potencia demoniaca de las horas inolvidables, la que proporciona á los artistas el acorde maestro, la palabra luminosa, la pincelada suprema; la que sugiere la matanza final en las batallas ó la astucia decisiva en los negocios acompañados de quiebras y suicidios.