Y continuó jugando.

A las tres de la tarde salió del Hotel de París. Acababa de almorzar, solo, sin fijarse en las miradas que le dirigían de las otras mesas, evitando esos saludos amables que inician una conversación.

Llevaba en la boca un grueso cigarro, y sus piernas, aunque firmes, estaban agitadas interiormente por un cosquilleo voluptuoso. Había comido mal, dejando casi intactos los platos; en cambio había bebido una botella de Borgoña famoso, y varias copas de licor á continuación de dos tazas de café.

Desde la escalinata del hotel abarcó en una mirada destructora la plaza, el Casino, los jardines. Pensó con fruición en la posibilidad de que un acorazado cualquiera de los que guerreaban en los mares de Europa fondease ante este palacio de confitería, enviándole unas cuantas granadas. ¡Hermoso espectáculo! Luego, con la imaginación, hizo descender á tierra la compañía de desembarco y sus ametralladoras, para llevarse cautivos á todos los que llenaban la plaza, hombres y mujeres, sin perdonar á los niños. Nada perdería con ello el mundo. ¡Ciudad de corrupción! ¿Qué demonio había aconsejado á su madre la compra del promontorio de Villa-Sirena, obligándolo á él á vivir junto á este antro?... Hasta protestó contra la difunta princesa, con la moralidad áspera é incorruptible de todo jugador que acaba de verse chasqueado.

Al pasear sus ojos por la alegre y bien vestida muchedumbre que él destinaba á la esclavitud, vió á Alicia, sola y de pie, al borde de la acera del «queso», mirando al Casino.

—¿Vas á entrar?—dijo acercándose á ella.

Se indignó la duquesa, como si le propusiera algo humillante, algo que no había hecho nunca. ¿Entrar ella en el Casino?...

—Eso es una cueva infecta, y los empleados unos infectos, y los que juegan... otros infectos.

¡Todo infecto!... Después de esto se dieron las manos lo mismo que si acabaran de reconocerse.

Cuando Miguel, insistiendo en sus buenos deseos, le habló del bombardeo y el desembarco con ametralladoras que llevaba en su imaginación, la duquesa casi aplaudió. Por ella, que lo destruyesen todo, que se llevaran prisionero hasta al mismo príncipe soberano, y si encima los invasores le devolvían lo que había perdido, mejor que mejor.