Entraron en una avenida asfaltada, entre dos masas de estrechos y tupidos jardines, que conduce al Museo Oceanográfico.
—¡Míralos!—dijo Alicia con expresión triunfante, al mismo tiempo que daba con un codo al príncipe.
Cuando éste avanzó la cabeza, sólo pudo ver unos bultos que se ocultaban en un sendero lateral.
—Eran ellos, no lo dudes—continuó la duquesa, riendo—. Marchaban por en medio de la avenida. Esa Valeria es muy lista; se ha vuelto al oir el ruido de un coche, reconociéndome al instante. Se llevó al sabio como si lo arrastrase.
Cesó de reir, adquiriendo su rostro una gravedad melancólica.
—¡Felices ellos! ¡Qué de ilusiones! Todos hemos pasado por lo mismo... Lo malo es que deseamos marchar adelante en busca de algo más, cuando debíamos quedarnos con lo que tenemos.
El príncipe asintió con la cabeza, repitiendo lacónicamente:
—¡Felices ellos!
Su voz era un réquiem. Estos encuentros sucesivos le hacían pensar en la muerta comunidad de la que era jefe irrisorio. Primeramente, Castro... Luego, Novoa. Hasta el coronel estaría en aquel momento paseando ante la tienda de una modista, á la espera de la chica del jardinero. Quedaba Spadoni, pero su fidelidad valía poco. Para él no existía otro femenino que el de la ruleta.
Se detuvo el carruaje más allá del Museo Oceanográfico, donde empiezan los jardines de San Martino. Alicia pagó al cochero.