Sentía una atracción carnívora ante determinadas mujeres; una por el rostro, otra por el talle ó la estatura, algunas por su fealdad original ó su desarmonía incitante, que obraban sobre sus nervios como los manjares picantes ó ácidos obran sobre el paladar. No tenía mas que hacer una seña ó decir una breve palabra á muchas que, viéndose observadas por el famoso personaje, sonreían dispuestas á seguirle. Pero experimentaba de pronto la antipatía que inspiran las cosas repetidas hasta la saciedad, el vacío de lo que se conoce hasta el cansancio. Nada nuevo podía esperar; se horrorizaba pensando en el parloteo vano de una desconocida que desea hacerse interesante; en las mentiras de un sentimentalismo repentino y falso; en la grotesca animalidad del acoplamiento que daría fin á tanta molestia. No; le era imposible. Una sola vez, con la desesperada energía del enfermo que traga un medicamento repugnante, había seguido á uno de estos animales hermosos, para sentirse poco después arrepentido de su vileza y avergonzado de su fracaso.

—Eres tú; tú, y ninguna más—dijo sombríamente—. Tú, ó nadie.

Alicia habló con el mismo tono grave. Sabía por experiencia lo que era esto. Deseamos con mayor anhelo lo que nos es imposible conseguir; hacemos un objeto único de todo lo que está fuera de nuestro alcance.

Pero estos razonamientos exasperaron á Lubimoff, hasta hacerlo injusto.

—Te conozco—dijo avanzando en el banco, al mismo tiempo que la miraba de cerca con unos ojos apasionados y agresivos—. Sé cómo sois las mujeres: todas vanidosas y vengativas. No puedes olvidar la noche en que quisiste y yo no quise, y ahora te das el placer de mi suplicio; gozas haciéndome sufrir...

—¡Oh, Miguel!—interrumpió ella con un tono de protesta.

Lubimoff siguió hablando rencorosamente, y esta indignación conmovía á Alicia más que los ruegos humildes de poco antes. Era la imploración desesperada del desahuciado que quiere volver á la vida normal.

—Te amo... te necesito. ¡Yo te tendré!

Sobre el lomo del Cap-d'Ail descendía la esfera anaranjada del sol. Su borde interior tocaba ya la línea ondulante de los jardines y los edificios. Por un momento concentró sus rayos en haz á través de la columnata de un belvedere, como si se asomase á un arco de triunfo antes de morir. Una luz azul que parecía emerger del mar iba repeliendo en los jardines el oro desmayado de la tarde.

—¡No!... ¡no quiero!