Lo mismo pensaba ella. «Sí, ¡qué corto!»

No debían marchar juntos. Era preciso despedirse allí, lejos de la gente.

Alicia lo tendió sus dos manos.

—¿Nada más?—suspiró Miguel.

Vaciló la duquesa un instante. Luego, con una agilidad de muchacha, como si aún fuese la amazona endiablada del Bosque de Bolonia, saltó hacia él con los brazos abiertos.

—Toma... toma... y toma.

Fueron tres besos rápidos, fulgurantes, que sólo duraron un segundo; tres besos que hicieron pensar á Lubimoff si lo ignoraría aún todo en la vida, pues nunca había sentido el estremecimiento que circuló por su cuerpo desde el cerebro á los pies.

—¡Más!... ¡dame más!

Ella rió de su gesto implorante.

—Se acabaron las locuras... Otro día, ¡quién sabe!... Ahora vuelvo á mis preocupaciones. Me da miedo entrar en mi casa; siento terror y esperanza. ¡Ay, la noticia que puedo recibir de un momento á otro!... Di: ¿tú crees de verdad que no le ha pasado nada?... ¿tú crees que podrá volver?...