Un segundo golpe; y la banca perdió otra vez.
Miguel se aproximó con cierta cautela á la silla que ocupaba Alicia.
—Son las dos. Ya es hora de retirarse—murmuró, dejando caer sus palabras sobre la cabellera que estaba al nivel de su pecho—. Va á llegar la mala: la siento venir. Dile á Spadoni que se levante.
Ella elevó sus ojos para mirarle con extrañeza. Parecía ebria; no acertaba á entender sus consejos. Y manifestó su negativa con leves movimientos de cabeza. Tenía fe en la propia suerte.
La suerte se encargó de reanimar acto seguido su confianza. El banquero ganaba otra vez, llevándose todas las sumas depositadas en ambos paños de la mesa. Pero esto no convenció al príncipe. Continuaba sintiendo miedo, y su inquietud le hizo ser brutal.
Se colocó á espaldas de Spadoni para hablarle discretamente, mientras miraba en otra dirección. Debía levantarse en seguida, dando por terminado el juego. Ya era hora.
El banquero torció la cara y miró hacia arriba para reconocer la voz prudente que le daba consejos desde lo alto. «¡Ah, Su Alteza!» Acompañó este descubrimiento con una sonrisa de orgullo, satisfecho de que el príncipe Lubimoff hubiese presenciado la hazaña más grande de su vida.
Y siguió tallando.
Lubimoff se irritó. Este idiota, sumergido en su gloria, no lo entendía: y si le entendía, se negaba á obedecerle. La voz del príncipe fué cayendo con una lentitud temblorosa sobre la cabeza que estaba debajo. ¡Spadoni, pianista de los demonios! (Aquí dos ó tres juramentos en diversos idiomas.) Si no le obedecía inmediatamente, iba á sacarlo de un zarpazo de su asiento, á darle una pateadura, á arrojarlo por una ventana...
—¡La última!—dijo el músico.