El entusiasmo del músico hizo explosión.

—¡Oh, duquesa!... ¡Divina duquesa!

La besaba en uno de sus brazos desnudos; luego en un hombro. Alicia sonrió ante este homenaje público. El pobre pianista, hiciese lo que hiciese, no comprometía.

—Gracias, Spadoni; cuente con mi gratitud. Vaya pensando lo que desea: una casa, un yate, tal vez un piano con teclas de brillantes...

Miguel la escuchó asombrado. Hablaba de buena fe: parecía enloquecida por su fortuna.

Pero el músico se alejó de ellos. Necesitaba estar solo. Al lado de la duquesa tenia que compartir su gloria, contentándose con un jirón. Y fué á reunirse con los ingleses de Beaulieu, que deseaban conocerle de cerca y beber con él una botella de champaña, proclamándolo el fenómeno más interesante que habían encontrado en sus viajes.

Alicia y el príncipe se dirigieron hacia el guardarropa.

—He depositado las ganancias en la caja del club—dijo ella mostrándole el recibo—. De noche no voy á llevarme tanto dinero á mi casa. Mañana vendré para pasarlo al Banco. Necesito que alguien me acompañe. Envíame al coronel: es hombre de guerra y debe tener revólver.

Luego, acordándose de algo importante, su rostro tomó una expresión grave.

—Inútil es decir que mañana arreglaremos cuentas. No creas que olvido lo que te debo: veinte mil francos del otro día, los trescientos mil de tu madre... Todo se pagará.