—Sí; lo recobraré—murmuró—. Estoy segura. Me acompaña la buena suerte... Ya era hora, después de sufrir tanto.

Y volvió á entregarse al momento presente. Los dos se sorprendieron al verse en la calle donde estaba Villa-Rosa. Después de vagar á la ventura, el instinto había acabado por llevarlos hasta allí.

El príncipe, enardecido por el largo paseo de caricias y abandonos, se mostraba apremiante.

—Déjame entrar—murmuró—. Nadie me verá... Me marcharé antes que llegue la aurora...

Alicia se revolvió, como si despertase. Fué su primera negativa en toda la noche. El jardinero la esperaba seguramente. Valeria tal vez no estaría dormida. ¡Ah, no!...

Lubimoff, en su desesperación, habló de marchar juntos á Villa-Sirena.

—¡Tan lejos!—continuó Alicia, cada vez con más serenidad, como si hubiese despertado definitivamente—. Además, aquello es un cuartel; una casa llena de hombres. ¡Y ese Castro que todo se lo cuenta á «la Generala»! No, no iré nunca. ¡Qué locura!

El gesto de tristeza, el ademán desalentado del príncipe, la conmovieron. Su mano se paseó por el rostro de él con una caricia maternal.

—¡Pobrecito mío!... ¡No pongas esa cara! Ten un poco de paciencia. Mañana; te juro que será mañana.

Ella, que en otro tiempo había arrostrado con tranquilo impudor las más atroces murmuraciones, dudó y balbuceó al hablar del día siguiente. Parecía una jovencita luchando entre su amor y el miedo á perder su porvenir social.