—¡Miguel!... ¡Miguel!—gemía Alicia.
No pudo decir más. Se ahogaba. Un estertor hizo ondular su garganta, como si por dentro de ella rodase una bola dolorosa.
El príncipe tuvo que apelar á toda su fuerza para sostener este cuerpo.
Sonó junto á él una voz con el mismo acento monótono y bajo que si hablase en la habitación de un moribundo.
Era Valeria que también lloraba, sintiendo de nuevo el contagio de las lágrimas.
—¡Ha muerto!... ¡Murió hace un mes!
Y le mostró un pequeño papel azul: un telegrama de Madrid, llegado media hora antes.
IX
Spadoni, después de saludar á Novoa en la plaza del Casino, habló de los ensueños que agitaban sus noches y de sus decepciones al despertar.
—Usted tiene la culpa, profesor. Cuando estábamos juntos en Villa-Sirena, yo escuchaba esas cosas tan interesantes que usted sabe y luego me dormía en paz. Ahora no encuentro allá con quién conversar. El príncipe y Castro se muestran de un humor insufrible; apenas hablan y no se acuerdan de mí. Yo llevo, como usted dice, una «vida interior», siempre á solas con mis pensamientos, y cuando paso allá la noche, duermo mal, sufro de ensueños, muy hermosos al principio, pero luego muy tristes. ¡Ay, qué buenas veladas las nuestras cuando hablábamos de cosas científicas!