Su egoísmo se sublevó en seguida contra esta emoción. Encontraba natural que Alicia llorase á su hijo, pero no que se hubiera alejado de él sin explicación alguna.

Avanzó hacia el altar mayor, con el deseo de verla de más cerca. Un ligero movimiento de la orante le hizo retroceder. Era mejor que no le reconociese. Consideró preferible aguardarla fuera de la iglesia, con la ventaja de la sorpresa, sin dejarla tiempo para que inventase razones justificantes de su conducta.

Empezaba á anochecer cuando salió Alicia, encontrándose con Miguel Fedor que le cerraba el paso.

Ni el más leve estremecimiento que delatase asombro.

—¡Tú!—dijo simplemente.

Estaba muy pálida, tenía los ojos enrojecidos y húmedos, como si acabase de llorar.

Tal vez le había visto dentro de la iglesia, y esperaba este encuentro á la salida. La naturalidad con que acogió su presencia fué para él una primera decepción.

Necesitaba hablar cuanto antes, dar salida á las quejas y recriminaciones que había ido amontonando en los días anteriores. Eran tantas, que abrumaban su pensamiento. Pero Alicia, como si temiese sus palabras, se le adelantó, hablando á su vez con acento monótono y triste.

Venía á este templo algunas tardes porque experimentaba de pronto la necesidad de abandonar Villa-Rosa y sus terribles recuerdos. ¡Ay, la llegada del telegrama!...

—Ahora soy creyente—dijo con sencillez.