El asombro de Martínez fué en aumento. Dudó un instante, fijos sus ojos en los de Lubimoff. No era una broma: la mirada agresiva de este personaje que siempre le había tratado con amable indiferencia, la sequedad de su voz, cierto temblor de su mano derecha, indicaban que había expresado todo su pensamiento, y que detrás de este pensamiento latía un odio enorme contra él.
La sorpresa le hizo hablar con timidez. El visitaba á la duquesa porque esta señora le pedía que fuese á verla todos los días. Muchas veces había sospechado que su asiduidad pudiera resultar inoportuna; pero todos sus intentos de alejamiento eran inútiles. Apenas se ausentaba por unas horas, aquella buena dama le hacía buscar. Se mostraba bondadosa con él como una madre.
De repente, se desvaneció su tono humilde. Sus ojos adivinaron en los de su interlocutor algo que él mismo no había pensado nunca. El teniente pareció transfigurarse, creciendo hasta quedar al nivel del príncipe. Brilló su mirada con el mismo resplandor fulvo que la del otro; todo su cuerpo se arqueó con la tensión de un muelle que va á saltar; las alillas de su nariz se agitaron nerviosamente. El empleadillo tímido de ademanes recobraba su gallardía de hombre de combate. Su voz sonó ronca al seguir hablando.
El iba adonde le llamaban, adonde quería ir, sin reconocer á nadie el derecho de mezclarse en sus actos. Era la duquesa la única que podía cerrarle la puerta de su casa. ¿Por qué intervenía el príncipe en los asuntos de aquella señora sin consultar antes su voluntad?
—Soy su pariente—dijo Miguel, algo indeciso en su interior al invocar este parentesco que muchas veces no había querido reconocer.
Los dos se vieron al otro lado de la cancela, sobre el rellano de las gradas del Casino, en pleno aire, frente á los árboles de la plaza y los grupos de paseantes que daban vueltas en torno del «queso». Tuvieron que apartarse á un lado, para no impedir la circulación de los que entraban y salían.
—Además—continuó el príncipe—, mi deber es evitar murmuraciones. No puedo permitir que, viéndole á usted metido allá á todas horas, supongan...
Casi se arrepintió de sus palabras al notar el doble efecto que producían en el joven. Primeramente se indignó. ¿Había quien osaba murmurar de aquella gran señora, tan santa para él? Pero esta protesta fué acompañada de una irreflexiva satisfacción, de un orgullo pueril, como si agradeciera, á pesar de todo, que mezclasen su nombre con el de la otra en absurdas suposiciones. Parecía que Martínez acababa de descubrirse á sí mismo, dando cuerpo y nombre á sentimientos obscuros que hasta entonces sólo habían latido dentro de él en una forma larvaria.
El alma celosa del príncipe fué adivinando, con aguda percepción, todo lo que pensaba el otro, y esto avivó el incendio de su cólera. ¡Con qué arrogancia asumía este empleadillo la defensa de Alicia! ¡Cómo se delataba su enamoramiento!...
—Si alguien se permite hablar de la duquesa—dijo el teniente—, si murmuran porque me dispensa el honor de recibirme en su casa (¡el mayor honor de mi vida!), yo me encargaré de castigar al que invente eso, aunque esté muy alto, aunque se crea muy poderoso...