Y no dijo más.

—Dijo bastante, Miguel. Esa voz agria la estoy oyendo desde entonces: la oiré siempre, en mis mejores instantes, si continúo aquí. ¿Y la mirada de sus ojos?... Adiviné todos sus insultos mudos, la comparación rápida que hizo entre su miseria y mi aspecto de hombre fuerte y bien cuidado. Yo era para él un cobarde que pasea con mujeres, mientras los hombres están con los hombres, dando su vida por algo importante.

—¡Bah! Tú eres un extranjero—interrumpió el príncipe, que parecía fatigado por las palabras de su amigo.

—Yo vivo aquí, y la tierra en que vivo no puede serme extraña. Esta guerra es por algo más que cuestiones de terreno: interesa á todos los hombres. Mira á los norteamericanos, que todos creíamos muy prácticos é incapaces de idealismos; saben que no van á ganar nada positivo, y sin embargo entran en la lucha con todas sus fuerzas. Además, hay el alma de las mujeres. ¿Creerás que las dos que venían conmigo rieron el insulto del rojo, encontrándolo muy oportuno?... Y no me hables de que las hembras se sienten atraídas en todas ocasiones por el guerrero. Tal vez sea por el guerrero de los tiempos de paz, brillante y empenachado; ¡pero estos de ahora tienen un aspecto tan miserable!... No; existe algo muy alto en todo lo que nos rodea, algo que tú y yo no hemos sabido ver, á causa de nuestro egoísmo.

Su oyente volvió á levantar los hombros con indiferencia.

—Y cuando pienso á todas horas en mi encuentro de ayer, y veo el sitio que me ofrecía burlonamente el maldito rojo, como si yo fuese una hembra, como si nunca pudiera sentirme capaz de ocuparlo, ¡tú me propones que arregle un encuentro mortal con otro de esos hombres que se consideran, no sin razón, superiores á nosotros!... No; ya lo sabes: no acepto.

Había abandonado el brazo del asiento y estaba de pie frente al príncipe. Esto hizo un gesto de cansancio. Le aburrían las palabras de Atilio, aquella historia infantil del tren, del soldado rojo y de la invitación insolente. Eso sólo podía conmover á doña Clorinda; él tenía asuntos mas inmediatos en que pensar. Ya que se negaba á servirle, podía dejarlo solo.

—¡Adiós, Miguel!—dijo Castro, con la convicción de que este saludo iba á ser algo más que una despedida momentánea.

—Adiós—contestó el príncipe sin moverse.

Cerca ya de la puerta, Atilio retrocedió.