Sobre la cumbre iba agigantándose el volumen de una mole de albañilería: «El Trofeo», título que había acabado por convertirse en La Turbie, nombre medioeval del pueblecillo amurallado y pardo que se apretuja alrededor del monumento. Dos columnas esbeltas de mármol blanco adosadas á la mampostería y un trozo de cornisa era todo lo que quedaba del más soberbio de los trofeos romanos; torre de treinta metros, con una estatua gigantesca de Augusto en su remate, que marcaba sobre los Alpes el límite entre las tierras del Imperio y las Galias conquistadas.
El automóvil, dejando atrás el villorrio de La Turbie, corría ahora por la antigua vía romana.
—Veo á las legiones—murmuró gravemente don Marcos.
Era una manía. Nunca había tenido suficiente imaginación para ver á las legiones por sí mismo; pero después de presenciar en una cinta cinematográfica un desfile de figurantes con las piernas desnudas y la espada al hombro siguiendo al caballejo de Julio César, la vida militar romana no guardaba para él misterio alguno, y cada vez que subía á La Turbie repetía lo mismo: «Veo á las legiones.»
Minutos después olvidó su guerrera resurrección para señalar varias construcciones de un gris azulado que las hacía confundirse con la colina situada á sus espaldas. El castillo de Lewis. Fueron destacándose de él torres sueltas unidas por puentes á la masa cuadrada del edificio; torres albarranas que flanqueaban las puertas; techos agudos de pizarra, con doble fila de buhardillas; techos que sólo tenían el costillaje de madera, á través del cual se veía el espacio, como si su relleno hubiese sido devorado por un incendio; muros á medio construir, que bajaban en ángulo recto lo mismo que un cartabón de piedra clavado en el suelo por su filo más largo.
El castillo podía confundirse de lejos con una ruina abandonada. Lewis, perdida la esperanza de poderlo terminar, declaraba de buena fe que así era mejor, pues le evitaba el trabajo de adornarlo con ruinas artificiales. Tenía el aspecto de una fortaleza de leyenda, como las que había descrito su padre el historiador, hecha para los cielos grises, para las selvas de húmedo verde, y parecía querer escapar de este paisaje tostado por el sol, de vegetación parsimoniosa, huyendo del contacto con los olivos, los cactos y los leñosos matorrales cubiertos de rudas flores.
Descendieron del automóvil en una planicie limitada por dos cuerpos de edificio que formaban ángulo. Era el patio de honor, la plaza de armas del futuro castillo. En los otros dos lados, unos muros que sólo se elevaban un metro sobre el suelo indicaban la traza de lo que podría ser este patio algún día, si la suerte dejaba de mostrarse adusta con el propietario. En el fondo abierto de la planicie estaba otro automóvil de alquiler, y junto á él los tres militares.
Acudió Lewis á saludar al príncipe. Hacía poco que habían llegado, y como tenía prisa, se encaró inmediatamente con el coronel.
Don Marcos era el oráculo que había que consultar para no perder tiempo. ¿Podrían resolver el negocio allí mismo?... ¿No sería mejor detrás del castillo, en un huerto rodeado de viejos olivares?...
El coronel, con una caja en cada brazo, fué examinando el terreno. Lo único que le preocupó en los primeros instantes fué su propia persona. Decididamente se veía ridículo. Aquellos tres oficiales, con sus uniformes; el príncipe, con un traje de calle azul obscuro; el médico, vestido de viejo, como siempre; Lewis, con un gran sombrero de paja, sin el cual no podía andar por su castillo, ¡y él envuelto en su levitón solemne, que parecía asustar á los palomos refugiados en los aleros y los muros ruinosos!...