—¡Maestro!—gritó—. Un señor que le busca. ¡Una visita!

Y volvió arreglándose las faldas, como si acabase de bajar de una escala de mano.

Se abrió aquella puerta de quicio profundo, apareciendo en su hueco Spadoni.

—¡Oh, Alteza!

Su sonrisa no expresaba asombro. Saludó al príncipe como si lo hubiese visto el día anterior.

Fué guiándole por corredores y salones sumidos en una penumbra policroma y que olían á polvo. Hacía muchos meses que los ventanales de colores no habían sido abiertos ni descorridas las cortinas. El concentraba su existencia en una sola habitación. Lubimoff chocó con arcones y armaduras, hizo vacilar dos enormes ánforas japonesas, se enganchó en los numerosos salientes de este profuso decorado de «estudio romántico» que había estado de moda veinticinco años antes.

Volvieron finalmente á la luz, una luz esplendorosa que entraba por tres puertas abiertas sobre una terraza vecina al barranco.

Era el hall de la «villa», adornado con telas y divanes indostánicos. El príncipe reconoció que Spadoni no estaba mal instalado en «su tumba». Un gran piano de cola era el único mueble que se mantenía limpio en esta pieza invadida por el polvo. Sobre el atril permanecían abiertos varios cuadernos de música manuscrita.

Al ver que Lubimoff se fijaba en ellos, el pianista hizo un gesto desesperado.

Era grande su pobreza: tenía que dar conciertos para vivir, se veía obligado á estudiar obras nuevas.