Un doble sentimiento conmovió á Lubimoff: de rabia, por la convicción de que no se había equivocado: aquel soldadito amaba á Alicia; de gozo, al saber que ya no era recibido en la casa, como antes, y rondaba inútilmente en torno de ella. Representaba una alegría negativa, pero alegría de todos modos, al ver á aquel jovenzuelo en una situación igual á la suya.
Novoa, hombre simple en sus gustos, que no podía comprender el amor mas que ordenadamente, dentro de la regularidad de una equivalencia de edades, rió de este apasionamiento del oficial como de algo grotesco.
—¡Qué absurdo! ¡Enamorarse de ese modo de una mujer que casi puede ser su madre!...
El príncipe se estremeció al oir esto, mirando fijamente á su acompañante. No; no sabía nada. Continuaba riendo de su propio comentario, sin ninguna intención oculta. El secreto de Alicia sólo él podía conocerlo.
Aún dieron varios paseos entre los cañones y los árboles. De pronto, empezaron á sonar las campanas de las iglesias y conventos de Mónaco, conversando, á través del éter cargado de luz, con las del fronterizo Monte-Carlo.
Las doce. Novoa se inquietó. Era hombre de costumbres fijas, y además, los monegascos en cuya casa estaba alojado mantenían rigurosamente la puntualidad en las comidas. ¡No haber en Mónaco un restorán, para darse el lujo de invitar al príncipe!... Este le propuso que lo acompañase á la lejana Villa-Sirena para almorzar juntos. ¡Se sentía tan bien en su compañía! ¡le daba noticias tan interesantes!...
—¡Imposible!—se apresuró á decir el profesor—. Tengo que ver á una persona en Monte-Carlo así que acabe mi almuerzo. Me esperan.
Lubimoff no insistió, adivinando que la tal persona era Valeria.
Un carruaje único estaba guarecido en la sombra menguada de los árboles. Se había quedado allí después de traer á unos extranjeros que prefirieron, á la salida del Palacio, descender á pie por el antiguo camino fortificado.
Miguel lo ocupó, haciéndose conducir á Villa-Sirena. Todo el resto del día y gran parte de la noche transcurrieron para él dulcemente, mientras rumiaba en su memoria las noticias adquiridas. No era mala la jornada. De Atilio apenas se acordó. Se había ido á París; esto era lo único cierto. En cambio, el infortunio de Martínez le hizo canturrear alegremente, y este regocijo engañó al coronel.