—¡No!—dijo Miguel enérgicamente.

¿Para eso le había llamado? ¿Era todo lo que tenía que decirle, después de tanto tiempo sin verse?...

Había tal resolución en su negativa, se reflejaba de tal modo en su rostro la dolorosa extrañeza, que Alicia creyó inútil insistir.

—Está bien; no hablemos más. Conozco tu carácter, y sé que permaneceríamos aquí discutiendo muchas horas sin resultado. Yo buscaré el medio de devolverte lo que es tuyo.... ¡Adiós, Miguel!

Intentó detenerla el príncipe tomando suavemente una de sus manos, pero ella la retiró con nerviosa retracción.

—¡Y te marchas!—dijo él con desaliento—. Yo que creía, al venir aquí...

La humildad de su voz pareció irritar á la duquesa, haciéndola detenerse cuando empezaba á volverle la espalda.

—¿Qué es lo que creías?—preguntó con indignación—. Tu inconsciencia me asombra. ¡Ah, Miguel! Siempre serás el mismo; únicamente existes tú: sólo deben tenerse en cuenta tus deseos. Me has hecho mucho daño, ¡mucho!... y ahora me dices, como un niño: «Yo que creía...» ¿Qué esperabas después de tus locuras?... Sábelo bien: te aborrezco. Tu presencia me es odiosa. ¡Te aborrezco!

El pobre Lubimoff volvió á ver su conducta como en las horas de voluntario encierro. ¡Ay! ¿dónde estaban las engañosas fantasías que le habían acompañado hasta allí? Su tristeza, su arrepentimiento, fueron tan visibles, que Alicia modificó el tono de sus palabras.

—Tal vez no te aborrezco; pero estoy segura de que me inspiras lástima: una lástima semejante á la que siento por mí misma. Somos dos pobres locos, Miguel; nuestras desgracias vienen de lejos.