Lubimoff empezó á comprender. Alicia hablaba de Martínez; y sintió de nuevo la comezón de los celos.
—Cuando nos vimos aquí la última vez, yo me había buscado un refugio plácido dentro de mi dolor. Rezaba por mi hijo en la iglesia, hablaba con él, le describía cómo era el hermano en desgracia que aún tenía en el mundo, pero que tal vez no tardase en ir á buscarle. Luego, al volver á casa, encontraba al otro, y mi ilusión era tan enorme, que los confundía á los dos en uno solo, imaginándome que todo era mentira, el tiempo y la guerra, que mi hijo vivía aún, que había vuelto de su cautiverio y estaba á mi lado. No se parecen (estoy segura, aunque evito mirar los retratos de Jorge), pero yo los veo iguales; es el uniforme, la desgracia, la vecindad de la muerte. Además, ¡ese pobre muchacho era tan bueno!... Tímido, contentándose con cualquier cosa, mirándome con la dulzura de un animalillo manso, ¡él, que es tan fiero! venerándome como á una criatura descendida de un mundo superior... Yo era su madre. Sus palabras y sus gestos respiraban un respeto profundo. No era una mujer para él: era algo así como los ángeles... Y tú, con tu desatinada intervención, has trastornado todo esto. Ya no es mi hijo: terminó mi ensueño. Debo privarme de su presencia, y sólo de tarde en tarde encuentra abierta una casa que yo le hice considerar como suya... Por tu culpa, ese muchacho, en el que veía á un hijo, es ahora simplemente un hombre, y yo, su madre, he vuelto á ser una mujer.
El rostro de Lubimoff se puso ensombrecido y terroso, como en la tarde del duelo. Iba comprendiendo.
—¡Qué hiciste, Miguel!—siguió ella, con su voz gimiente—. Has despertado con tu locura á ese pobre. Al batirse contigo, pensó que se batía por mí y que yo no soy mas que una mujer. Me vió de pronto bajo otra luz, como si hasta entonces hubiese estado adormecido. Casi puedo ser su madre; pero las mujeres de mi clase prolongamos nuestra juventud, la detenemos artificialmente, y nos desean á la edad en que las de abajo se entregan á la vejez... Además, comprendo la vanidad de su entusiasmo, esa vanidad que existe en todos nuestros sentimientos. Yo soy para él lo desconocido, lo misterioso, una gran señora, una duquesa, que la confusión de nuestra época coloca á su alcance. ¡Pobre muchacho! Hace unas semanas reía en mi presencia con una simpleza infantil, me miraba tranquilamente, sin que por sus ojos pasase la sombra de un mal pensamiento. El era feliz, yo también lo era; ¡mientras que ahora!...
Se imaginó el príncipe á Martínez persiguiendo á Alicia con sus deseos de enamorado. «Lo mataré: debo matarlo», dijo mentalmente. Pero su cólera homicida sólo duró un instante. Pasaron por su memoria las diversas escenas del duelo: él besando la mano del oficial, en un arrebato de inexplicable humildad, que le atormentaba como un remordimiento. ¿Qué hacer ahora? Después de lo ocurrido, este hombre era para él algo sagrado. Y se abandonó otra vez á su desaliento, mientras Alicia seguía hablando.
—Mi ensueño se desvaneció. Mi hijo ha vuelto á ser mi hijo y el otro es un hombre. Imposible confundirlos de nuevo en una sola persona. Ya no puedo rezar; me da vergüenza dirigirme con el pensamiento á mi verdadero hijo; me asalta el recuerdo de lo que le conté; me aterro al hacer memoria de que sigo hablando con el otro, á pesar de lo que me ha dicho, de lo que leo en sus miradas, de que conozco sus verdaderos deseos. ¡El mal que me has hecho! Perdí un hijo, y sólo puedo acordarme de él con remordimiento; me inventé otro, y me lo has quitado.
Luego, como si se quejase contra algo superior que había regido sus destinos, añadió:
—¡Qué suplicio! No poder conocer la amistad reposada, la maternidad tranquila. ¡Siempre el amor saliéndome al paso!... Yo, que en mi juventud consideré como única finalidad de la vida inspirar admiración y deseo, bien castigada estoy... Busqué en ti el apoyo del amigo, y me deseaste en seguida. Quise engañar mi anhelo de maternidad cuidando á un infeliz que tal vez muera pronto, y este hijo afectivo me habla de amor. ¿Es que las mujeres no podemos conocer la tranquilidad y la confianza en que viven los hombres?...
El príncipe la interrumpió con voz rencorosa.
—No lo veas: rompe con él; ciérrale tu puerta para siempre. Así recobrarás la paz, y yo... yo seré tu amigo, seré lo que tú quieras, me bastará con verte.