—En fin, yo me entiendo. Para mí, es un poeta: un hombre con alas... con unas alas muy largas.

Volvió á reir el príncipe. ¡Wilson con alas!... Se imaginó al Presidente con un sombrero de copa, sus lentes, su sonrisa bondadosa, y saliéndole de la espalda del chaqué dos triángulos enormes de plumas iguales á las que llevan los ángeles en los cuadros de la pintura religiosa. ¡Gracioso coronel!...

Luego quedó pensativo, mientras su rostro tomaba una expresión grave.

—Tienes razón—dijo—. Le veo con alas, unas alas tal vez demasiado largas. Gran cosa para volar, ¡pero cuando se ha de vivir entre los hombres, marchando sobre el suelo!... Temo que le arrastren; temo que se las pisen algún día encontrándolas molestas...

Y no hablaron más.

El príncipe quiso romper esta clausura que se había impuesto voluntariamente. ¿Por qué seguir en Villa-Sirena, cerca de unas personas que ocupaban á todas horas su pensamiento y no deseaba ver?... Lo mejor era volverse cuanto antes á París. Los cañones de largo alcance seguían tirando sobre la capital; casi todas las semanas, escuadrillas de aviones alemanes hacían una excursión nocturna sobre ella, arrojando explosivos. Tal viaje ofrecía el aliciente de la emoción y del peligro á este solitario, atormentado en su robustez por una existencia inmóvil y monótona, sin otra novedad que el rumiar de nuevo sus recuerdos.

Todas las mañanas, al levantarse, formulaba el mismo propósito: «Me voy á París.» Pero el viaje se iba retardando de semana en semana. Era la abulia del enfermo que hace proyectos de vida activa, y apenas intenta realizarlos, vuelve á caer sin fuerzas, y los aplaza para un porvenir indefinido.

Los detalles más insignificantes se agigantaban ante su voluntad enferma. Debía ir á Niza para que le reservasen un sitio en la oficina de coches-camas. Pensaba en enviar á don Marcos; luego desistía, encontrando preferible ir él mismo. Y pasaban las semanas sin realizar este breve viaje, preliminar del viaje á París, pareciéndole ambos igualmente largos. El, que por tres veces había circunnavegado el planeta, se encogía de cansancio al pensar en la lentitud de los trenes impuesta por la guerra, en las diez y seis horas de ferrocarril.

Una tarde, aburrido de sus magníficos jardines, siempre iguales, del silencio de su casa desierta, de las distracciones crecientes del coronel, que constantemente tenía algo que hacer en Monte-Carlo ó en el pabellón del jardinero, se lanzó á pie hasta la ciudad y tuvo un encuentro.

Sus pasos le llevaron maquinalmente hacia los bulevares altos, cerca de la calle donde estaba Villa-Rosa. Al darse cuenta quiso retroceder, y entonces fué cuando vió venir por la acera opuesta al teniente Martínez, en la misma dirección que seguía él momentos antes.