Recuerda su almuerzo en la casita de don Marcos. Todavía le duelen, como algo vergonzoso, las atenciones del coronel en la mesa, partiendo su carne, cuidándole como á un niño, esforzándose por suplir la ausencia de su brazo.

¡Adiós, príncipe Lubimoff!... Aunque quisiera continuar su existencia egoísta, dedicada por entero al placer, le sería imposible. Es un inválido: se ve muy viejo... Sólo Madó, que no sabe en realidad lo que desea, puede fijarse en él.

Además, se considera pobre. Por primera vez recuerda con cierta satisfacción la herencia que le ha dejado Alicia. No representa nada en este momento, pero ¡quién sabe si algún día!... Se forja la ilusión de que las minas de Méjico pueden reemplazar á su perdida fortuna de Rusia; ¡y entonces!... Siente un deseo vehemente de recuperar la riqueza para hacer el bien; un anhelo que tiene algo de remordimiento. Sabe la ineficacia del esfuerzo individual para remediar las miserias humanas: una gota perdida en el Océano, un grano de arena en la playa. Pero ¿qué importa?... Se contenta con hacer la dicha de cincuenta desgraciados entre los centenares de millones que pueblan la tierra.

Luego piensa en su situación actual. Desde la mañana ha resuelto su modo de vivir. Huirá del pobre coronel, á causa de Madó. ¡Que otros se encarguen de su infortunio!... Se instalará en Niza, en una pensión rusa que dirige una gran dama empobrecida. Hablarán por las noches de los tiempos en que ella era rica, hermosa y deseada; de los bailes de la corte de Petersburgo, en los que tantas veces danzaron juntos. Lubimoff hasta tiene la sospecha de que uno de sus duelos fué por esta patrona de casa de huéspedes.

Los restos de su fortuna le proporcionan una renta para vivir en modesto bienestar. Será uno más entre los náufragos que se retiran á la Costa Azul para acordarse, bajo las palmeras, de sus triunfos olvidados. Su viejo ayuda de cámara le acompañará en este destronamiento.

Tiene ya una ocupación para llenar sus horas. Quiere ser un contemplador de la vida. Celebra haber nacido en la más interesante de las épocas.

Algo va á ocurrir; algo nuevo en la Historia.

Todavía dura la gran polvareda del combate. Es una niebla que desorienta y no permite dominar el contorno entero de las cosas. Los mismos actores del drama reciente están ciegos. Pasarán años sin que esta niebla caiga y se desvanezca, dejando visible el mundo nuevo.

¿Reaparecerá entonces la misma decoración de antaño, con las líneas cambiadas? ¿Habrán resultado inútiles tantos esfuerzos sangrientos para suprimir la violencia, el egoísmo, la ferocidad prehistórica como bases maestras de la sociedad?

El príncipe piensa con amargura en una decepción posible. ¡Ver resurgir incólume la bestialidad primitiva después de un cataclismo aceptado como una renovación!... ¡Contemplar la quiebra de tantos espíritus generosos, de tantas inteligencias nobles que aspiran al triunfo del bien, que desean á los hombres en paz y á los pueblos en dulce sociedad, trabajando contra la guerra, como las corporaciones higiénicas trabajan para evitar las enfermedades!...