—¡Y pensar que es un imbécil!—exclamaba con la franqueza de la emoción—. Todas sus facultades las ha deformado y aglomerado, concentrándolas en la música, sin dejar nada para los demás... No importa; es un idiota... pero un idiota sublime.
Algunas noches, Spadoni se quedaba con un codo en el teclado y la frente en la diestra, como si la música le ensimismase, cuando, en realidad, lo que danzaba debajo de sus melenas eran cuadrados rojos y negros, muchos naipes y treinta y seis números formando tres filas presididas por el cero. El príncipe, molestado por este silencio, se dirigía á Castro.
—Cuéntanos algo de tu abuelo don Enrique.
Este abuelo había sido casado con una tía del general Saldaña; y aunque Atilio no alcanzó á conocerle, hablaba con frecuencia de él como de un personaje curioso que le inspiraba cierto orgullo ó amargas ironías, según el estado de su ánimo. Era un hombre de belicoso humor y sombríos entusiasmos, que había acabado de dilapidar la fortuna de la familia, ya quebrantada por los antecesores. Emparentado con un gran número de aristócratas, terminó por negar este parentesco, como si fuese algo vergonzoso. Los títulos de nobleza de su familia dejó que los tomasen otros. El lema que figuraba, desde siglos en el escudo de los Castro lo había reemplazado con uno de su invención, que resumía su vida entera: «Mañana más revolucionario que hoy.» Durante treinta años no hubo en España insurrección triunfante ó abortada en la que no interviniese este caballero de gesto sombrío, quisquilloso, espadachín, que trataba á los hombres como un déspota y estaba dispuesto á morir por la libertad del género humano.
—¡Un don Quijote rojo!—decía Castro.
De niño recordaba haber jugado con su sable, fabricado en Toledo: un arma repujada de oro, con arabescos copiados de la vieja espada del descubridor y conquistador Alvaro de Castro, que había sido Adelantado en las Indias. Pero en lo alto de la hoja, donde los abuelos ponían su mote de fidelidad á Dios y al rey, él había hecho grabar «¡Viva la República!». Sin este sable caballeresco, se negaba á tomar parte en una revolución. Lo había llevado de Sicilia á Nápoles siguiendo á Garibaldi para destronar á los Borbones. «Mañana más revolucionario que hoy»; y sus compañeros le parecían de pronto unos reaccionarios, lo que le hacía buscar nuevas doctrinas que colmasen su insaciable deseo de destrucción y renovación. Al fin, este descendiente de Adelantados y Virreyes acabó por ingresar en la primera «Internacional de trabajadores». Y lo más extraordinario fué que su primitiva educación, sus altiveces y sus acometividades paladinescas le acompañaron en esta vida nueva, haciéndole convertir la más insignificante divergencia de doctrina en un «asunto de honor».
Por discusiones de comité se había batido en París con un «camarada» obrero. Apenas cruzaron los sables, el trabajador recibió un corte en la cabeza.
—Es justo—dijo el herido limpiándose la sangre—. El marqués, que ha podido aprender el manejo de las armas, debe pegarle al hijo del pueblo.
Don Enrique palideció ante esta ironía, y por restablecer la igualdad, por suprimir sus ventajas históricas, levantó el sable, dándose una feroz cuchillada en el cráneo, mientras corrían los testigos á sujetarle para que no reincidiese.
Después de seguir por segunda vez á Garibaldi en la guerra de 1870, batiéndose contra los prusianos en Dijón, el movimiento insurreccional de la Commune le atrajo á París.