—¿Una flaca con un gran sombrero de cow-boy?... No, no es esa. Te pregunto por la otra.

«La otra» sólo la había visto de espaldas, pero atrajo momentáneamente su atención por su esbeltez y su aire de señorío.

—Alteza—dijo don Marcos titubeando—, era la duquesa de Delille.

Un silencio. Y como si con esto le hubiese pillado su príncipe en falta y necesitara excusarse, se apresuró á añadir:

—Es muy buena con la Infanta. Le regala trajes para sus hijos, creo que hasta le presta su ropa... ¡Una hija de rey! ¡Una nieta de San Fernando!... Yo soy un viejo soldado de la legitimidad, y no puedo menos de agradecer que...

Miguel cortó su protesta con un gesto. Basta: no quería oir más. Y se dirigió á Castro. También lo había visto cerca de la salida del Casino hablando con otra dama.

—Y yo te vi igualmente—dijo Atilio—, pero ibas impetuoso y con la cabeza baja, abriéndote paso lo mismo que un toro acosado. ¿Quieres saber quién es esta señora? ¿Te interesa?...

Lubimoff levantó los hombros; pero su indiferencia era falsa. En realidad, le había interesado, aunque ligeramente, esta desconocida, rubia, alta, con un aspecto de vigor esbelto, de ágil soltura, como las gimnastas y las amazonas.

—Pues es «la Generala»—continuó Castro, sin parar mientes en la falta de curiosidad de su amigo—. Este generalato no hay que tomarlo en serio. Es un apodo cariñoso. Creo que lo inventó la de Delille, pues te advierto que las dos son muy amigas. Es generala como otros pueden ser coroneles.

Don Marcos no reparó en esta maldad. Atilio se mostraba esta noche de mal humor, con los nervios excitados, deseoso de morder. Debía haber perdido en el juego.