Atilio Castro era un compatriota, un español que había pasado la mayor parte de su existencia fuera de su país. Trataba al príncipe con gran confianza y hasta le tuteaba, á causa de un parentesco lejano. El coronel tenía una vaga idea de que había sido cónsul en alguna parte, pero por breve tiempo. Continuamente le hacía objeto de sus burlas, que él tardaba en descubrir. Pero no sentía rencor por ellas, viendo que «Su Alteza» las celebraba mucho.
—¡Hermoso corazón!—decía al hablar de Castro—. Ha llevado una vida poco ejemplar, es un terrible jugador... pero un caballero, ¡lo que se llama un caballero!
Miguel Fedor definía de otro modo á su pariente:
—Tiene todos los vicios y ningún defecto.
Don Marcos nunca pudo entender esto, pero lo aceptó como un nuevo motivo para apreciar á Castro.
Sólo contaba el príncipe dos ó tres años más que él, y sin embargo parecían separados por una diferencia de edad mucho mayor. Castro iba más allá de los treinta y cinco años, y algunos le suponían veintitrés. Su rostro, de ingenua expresión, algo aniñado, sólo adquiría cierta respetabilidad viril gracias á un bigote rubio obscuro, recortado como un cepillo de dientes. Este exiguo bigote y la raya correcta que partía sus cabellos en dos masas idénticas y lustrosas eran los detalles más visibles de su fisonomía en momentos de tranquilidad. Si se alteraba su humor—lo que ocurría muy de tarde en tarde—, el brillo de sus ojos, la contracción de su boca, las arrugas precoces de sus sienes, le daban un aspecto inquietante, y diez años más caían sobre él de golpe.
—Malo para enemigo—afirmaba el coronel—. Es hombre que no conviene tenor enfrente.
Y no por miedo, sino por espontánea admiración, celebraba sus talentos. Hacía versos, pintaba acuarelas, improvisaba romanzas en el piano, daba consejos sobre muebles y trajes, conocía las antigüedades. Don Marcos no encontraba límites á su inteligencia.
—Lo sabe todo—decía—. ¡Si pudiera fijarse en una sola cosa!... ¡Si quisiera trabajar!
Vestido siempre con elegancia, viviendo en hoteles caros y sin ninguna renta conocida, el coronel sospechaba una serie de empréstitos amistosos hechos al príncipe. Pero éste había permanecido ausente de Monte-Carlo casi desde el principio de la guerra, y don Marcos encontraba á Castro todos los inviernos instalado en el Hotel de París, apuntando en el Casino, tratándose con gentes ricas. Unas cuantas veces, al verse junto á la ruleta, le había pedido prestados «diez luises», necesidad imperiosa de jugador que acaba de quedar limpio y ansía desquitarse; pero, con más ó menos retraso, se los había devuelto siempre. Su vida tenía un fondo misterioso, según don Marcos.