—¡Arruinado!—exclamó Alicia—. Tu mala época no puede ser larga. Eso de Rusia acabará por entrar en orden. Las grandes naciones tienen allá muchos intereses para no preocuparse de arreglarlo todo... Lo mío es lo que no se compondrá en mucho tiempo. No me queda otra esperanza que poder dar un golpe en el Casino de doscientos mil ó trescientos mil francos, y con esto esperar á que cambien las cosas.

El príncipe se encogió de hombros. Conocía á los jugadores. Esta mujer, dominada por su quimera, iba á olvidar el objeto de su visita, divagando sobre los caprichos posibles de la suerte, como Spadoni ó como el mismo Castro.

—¿Y qué deseas de mí?

Alicia pareció despertar, y otra vez su sonrisa fué audaz y graciosa, como al principio de la entrevista, una sonrisa de solicitante que llega con la firme voluntad de conseguir lo que quiere. Ya había dicho en el primer momento cuál era su pretensión: que no la molestase más el apoderado del príncipe por aquella deuda olvidada.

—La pagaré algún día, si puedo... Lo más seguro es que no la pague nunca. Dala por perdida, y dile á ese señor antipático que no me escriba más.

Miguel, seducido por la sencillez con que esta mujer emitía su enorme deseo, imitó el tono de su voz.

—Está bien; se le dirá á ese señor antipático que no te moleste, que se olvide de ti.

Y rió como un niño, sin fijarse en que se trataba de sus propios intereses, pensando únicamente en la cara que pondría su grave apoderado al recibir tal orden.

—Siempre te he creído bueno y generoso—dijo ella—. ¡Gracias, Miguel! Algunas veces he discutido con «la Generala» acerca de ti, para hacerla comprender que eres un hombre de corazón.

—¡Ah! ¿Doña Clorinda es enemiga mía? ¡Si no la he visto nunca!...