El orgullo de vecindario arrastró al Capellanet a participar momentáneamente de las opiniones de los otros, pero pronto renacieron su gratitud y su afecto a Febrer.

—No importa. Usted la quiere, y basta. ¿Por qué ha de ir mi hermana a trabajar la tierra y pasar fatigas, cuando un señor como usted se fija en ella?... Además—y aquí sonreía maliciosamente el pilluelo—, a mí me conviene este casamiento. Usted no va a cultivar los campos, usted se llevará a Margalida, y el viejo, no teniendo a quién dejar Can Mallorquí, me permitirá que sea labrador, que me case, y ¡adiós capellanía!... Le digo a usted, don Jaime, que usted se la lleva. Aquí estoy yo, el Capellanet, para pelearme con media isla en su defensa.

Miraba a un lado y a otro, como si temiera encontrarse con los bigotes y los ojos severos de la Guardia civil, y luego, tras una vacilación de hombre modesto que teme revelar su importancia, llevábase una mano a los riñones y tiraba del interior de la faja, sacando un cuchillo cuyo brillo y limpieza parecían hipnotizarle.

—¿Eh?—decía, admirando la tersura del acero virgen y mirando a Febrer.

Era el cuchillo que le había regalado Jaime el día antes. Como estaba de buen humor, había hecho arrodillarse al Capellanet. Luego, con burlona gravedad, le había golpeado con el arma, proclamándolo caballero invencible del cuartón de San José, de toda la isla y de los freos y peñones adyacentes. El pilluelo, trémulo de emoción por el regalo, había acogido la ceremonia con gravedad, creyéndola algo indispensable que se usaba entre los señores.

—¿Eh?—volvió a preguntar, mirando a don Jaime como si lo protegiese con toda la inmensidad de su valentía.

Pasaba un dedo ligeramente por el filo y luego apoyaba la yema en la punta, gozando voluptuosamente al sentir su agudo pinchazo. ¡Qué joya!

Febrer movió la cabeza. Sí; conocía el arma: él mismo se la había traído de Ibiza.

—Pues con esto—continuó el chicuelo—no hay guapo que se nos ponga delante. ¿El Ferrer?... ¡mentira! ¿El Cantó y todos los otros?... ¡mentira también! ¡Y pocas ganas que tengo yo de usarlo!... Él que intente algo contra usted está sentenciado a muerte.

Y a continuación, con una tristeza de grande hombre que pierde el tiempo sin dar la medida de su valor, dijo bajando los ojos: