Y el padre señalaba con los ojos el cuchillo regalado por Febrer al Capellanet, que estaba ahora abandonado sobre una silla.
Luego habían descubierto al señor, caído de bruces cerca de la escalera de la torre. ¡Ay, don Jaime, qué susto el de Pep y su familia! Le habían creído muerto. En estos trances es cuando se conoce el cariño que se tiene a las personas. Y el buen payés, con su mirada lacrimosa, parecía besar al herido, acompañándole en esta caricia muda las dos mujeres, que, encogidas junto a la cama, pretendían devolverle la salud con sus ojos.
Esta mirada de cariño y de zozobra dolorosa fue lo último que vio Febrer. Sus ojos se cerraron, y dulcemente fue cayendo en un sopor, sin ensueños, sin delirio, en la blandura gris de la nada, como si su pensamiento se durmiese antes que su cuerpo.
Cuando volvió a abrir los ojos ya no era roja la luz que alumbraba la habitación. Vio el candil colgado en el mismo sitio, con la mecha negra y apagada. Una luz glacial y lívida penetraba por el ventanillo del dormitorio: la luz del amanecer. Jaime experimentó una sensación de frío. Arrancaban de su cuerpo las cubiertas del lecho; unas manos ágiles iban tentando los envoltorios de sus heridas. La carne, insensible pocas horas antes, estremecíase ahora al más leve contacto, con la espeluznante vibración del dolor, despertando un deseo irresistible de quejarse.
El herido, siguiendo con su mirada nebulosa las manos que le martirizaban, vio unas mangas negras, luego una corbata, un cuello de camisa distinto al que usaban los isleños, y encima de todo esto una cara con bigote cano, una cara que había visto otras veces en los caminos, pero no podía asimilar ahora al recuerdo de un hombre. Poco a poco fue reconociéndolo. Debía ser el médico de San José, al que había encontrado en muchas ocasiones a caballo o guiando un carrito; un practicón viejo, calzando alpargatas como los payeses, y que sólo se diferenciaba de éstos por la corbata y el cuello planchado, signos de superioridad social mantenidos por él cuidadosamente.
¡Cómo le atormentaba este hombre al palpar su carne, que parecía haberse endurecido, haciéndose más sensible, con una sensibilidad enfermiza y tímida, cual si se contrajera al simple contacto del aire!... Cuando perdió de vista esta cara, y no sintió ya el martirio de sus manos, sumióse otra vez en el sopor del descanso. Cerró los ojos, pero su oído pareció aguzarse en esta obscuridad. Hablaban en voz baja fuera de la pieza, en la cocina inmediata, y el herido sólo llegó a percibir algunas frases de esta conversación sorda. Una voz desconocida, la del médico, sonaba en medio del angustioso silencio. Felicitábase de que la bala no se hubiese quedado en el cuerpo; indudablemente sólo había atravesado en su trayectoria el pulmón. Aquí un coro de exclamaciones de asombro, de ayes contenidos, y la protesta de la misma voz. «Sí, el pulmón; no había que asustarse. El pulmón se cicatriza con facilidad. Es el órgano más bondadoso del cuerpo.» Sólo había que temer a la pulmonía traumática.
El herido, escuchando esto, persistía en su optimismo. «No es nada; no es nada.» Y otra vez volvía a sumergirse dulcemente en el brumoso mar del sopor, un mar inmenso, terso, pesado, en el que se hundían visiones y sensaciones sin ondulación ni huellas.
Desde este instante Febrer perdió la noción del tiempo y de la realidad. Vivía aún, estaba cierto de ello, pero su vida era anormal, extraña, una larga vida de sombra e inconsciencia, con ligeros intervalos de luz. Abría los ojos y era de noche. El ventanillo estaba negro y la llama del candil lo coloreaba todo de inquietas manchas rojas que danzaban agarradas a las sombras. Volvía a abrirlos cuando sólo consideraba transcurridos unos instantes, y era ya de día. Un rayo de sol entraba en la habitación trazando un redondel de oro a los pies de la cama. Y de este modo se sucedían con una rapidez fantástica el día y la noche, como si se hubiese trastornado para siempre el curso del tiempo. Cuando no era así, la general revolución, en vez de marchar aceleradamente, se inmovilizaba en una monotonía desesperante. Al abrir el herido los ojos era de noche, eternamente de noche, como si el globo viviese condenado a interminables tinieblas. Otras veces brillaba el sol siempre seguido, lo mismo que en los países árticos, sometidos al deslumbramiento irritante de un día de meses.
En un despertar de estos encontró los ojos del Capellanet. El muchacho, creyéndole súbitamente mejorado, habló con voz queda para no incurrir en las iras de su padre, que recomendaba el silencio.
Ya habían enterrado al Ferrer. El valentón estaba pudriendo tierra. ¡Qué tiros tan certeros los de don Jaime! ¡Qué mano la suya!... Le había deshecho la cabeza.