Pasado mucho tiempo, ¡mucho! abrió los ojos y se encontró con los de Pablo Valls fijos en él. Le tenía cogido de las manos, le miraba cariñosamente con sus pupilas amarillentas.

No podía dudar: era una realidad. Su olfato percibió el olor de tabaco inglés ligeramente perfumado de opio que parecía flotar siempre en torno de su boca y sus patillas. ¿No era, pues, una ilusión haberle visto en el curso de su delirio? ¿Era realmente su voz la que había escuchado en medio de sus pesadillas?...

El capitán rompió a reír, mostrando sus dientes largos amarilleados por la pipa.

—¡Ah, buen mozo!—dijo—. Esto marcha, ¿verdad? Ya no hay fiebre, ya no hay nada de peligro. Las heridas marchan bien. Debes sentir en ellas una picazón de mil demonios; algo así como si te hubiesen metido avispas bajo los vendajes. Es la formación de los tejidos, la carne nueva que escuece al crecer.

Jaime se dio cuenta de la verdad de estas palabras. Sentía en el lagar de sus heridas una fuerte picazón, una rigidez que ponía tirante su carne.

Valls adivinó una curiosidad suplicante en los ojos de su amigo.

—No hables, no te fatigues... ¿Que cuánto tiempo estoy en Ibiza? Cerca de dos semanas. Leí en los papeles de Palma lo tuyo, y al momento me planté aquí. Tu amigo el chueta siempre será el mismo... ¡Los malos ratos que nos has hecho pasar! Una pulmonía, hijo mío, y de las de peligro. Abrías los ojos y no me reconocías: delirabas como un loco. Pero eso se acabó. Te hemos cuidado mucho... Mira quién está aquí.

Y se apartó de la cama para que viese a Margalida, oculta tras el capitán, encogida y vergonzosa ahora que el señor podía mirarla con ojos limpios de fiebre. ¡Ah, «Flor de almendro»!... La mirada de Jaime, tierna y dulce, la hizo enrojecer. Tuvo miedo de que el enfermo pudiera acordarse de lo que ella había hecho en los momentos más críticos, cuando estaba casi segura de que iba a morir.

—Ahora a estarse quieto—continuó Valls—. Permaneceré aquí hasta que nos vayamos juntos a Palma. Ya me conoces... Yo lo sé todo; yo lo arreglo todo... ¿Eh? ¿me explico?...

El chueta guiñaba un ojo y reía maliciosamente, seguro de su habilidad para adivinar los deseos de los amigos.