Jaime miró detrás de él, como si sus ojos quisieran buscar en el interior de la casa la dulce figura de Margalida. Luego resumió todas las congojas y las nuevas verdades de su pensamiento repitiendo la misma afirmación enérgica: «¡Matemos a los muertos!».
La voz de Pablo le sacó de sus reflexiones.
—¿Te hubieras casado ahora con mi sobrina, sin miedo y sin remordimiento?...
Febrer dudó antes de contestar. Sí; se habría casado, sin parar atención en los escrúpulos heredados y las diferencias de raza que tanto le habían hecho sufrir. Pero faltaba algo para esto; algo que estaba por encima de la voluntad de los hombres y era superior a su poder; algo que no podía comprarse y gobernaba al mundo; algo que traía con ella la humilde Margalida sin saberlo.
Sus angustias habían terminado. ¡Vida nueva!
No; los muertos no mandan: quien manda es la vida, y sobre la vida, el amor.
FIN
Madrid
Mayo y Diciembre 1908.