—Sí, volveré—dijo Jaime lanzando una mirada a Catalina que la hizo enrojecer.

Cuando perdieron de vista la verja de la casa, detrás de la cual agitaban sus manos el padre y la hija, el capitán Valls lanzó una ruidosa carcajada.

—Según parece, ¿quieres que sea tío tuyo?—preguntó irónicamente.

Febrer, que iba furioso por la intervención de su amigo y la rudeza con que le había hecho abandonar la casa, dio expansión a su cólera. ¿Y a él qué le importaba? ¿Con qué derecho se atrevía a mezclarse en sus asuntos?... Era ya bastante grande para no necesitar consejeros.

—¡Alto!—dijo el marino retrepándose en el asiento y llevando sus manos al chambergo de mosquetero caído sobre su cogote—. ¡Alto, galán!... Me mezclo porque soy de la familia. Creo que se trata de mi sobrina; a lo menos así me parece.

—Y si quiero casarme con ella, ¿qué?... Tal vez a Catalina le parezca bien; tal vez su padre se muestre conforme.

—No digo que no; pero soy su tío, y el tío protesta y dice que esa boda es un disparate.

Jaime le miró con asombro. ¡Disparate casarse con un Febrer! ¿Acaso deseaba algo mejor para su sobrina?...

—Disparate por parte de ellos y disparate por tu parte—afirmó Valls—. ¿Te has olvidado de dónde vives? Tú puedes ser mi amigo, el amigo del chueta Pablo Valls, al que ves en el café, en el Casino, y que además tienen las gentes por medio loco. ¡Pero casarte con una mujer de mi familia!...

Y el marino reía al pensar en esta unión. Los parientes de Jaime iban a indignarse contra él, negándole para siempre el saludo. Más tolerantes se mostrarían si cometía un asesinato. Su tía «la Papisa Juana» iba a chillar como si presenciase un sacrilegio. Él lo perdería todo, y su sobrina, olvidada y tranquila hasta entonces, iba a trocar el aburrimiento de su casa, monótono y triste, pero que al fin era una paz, por una vida infernal de disgustos, humillaciones y desprecios.