Y el tío Ventolera reía con su risa de niño al recordar este detalle grotesco de la gran victoria de Riquer. Luego, al ser conducido «el Papa» a la isla, las gentes de la ciudad y los payeses acudidos en tropel lo miraban como un animal raro. ¡Éste era el pirata, terror del Mediterráneo! ¡Y lo habían encontrado metido entre tablas por miedo a los ibicencos! Le formaron proceso para colgarlo en la isla de los Ahorcados, un islote donde ahora estaba el faro, en el estrecho de los Freus; pero Godoy dio orden para que lo canjeasen por varios prisioneros españoles.

Su padre había visto estos grandes sucesos: iba de paje en el jabeque de Riquer. Luego había caído cautivo de los argelinos, siendo de los últimos esclavos, antes de que llegasen los franceses a Argel. Allí se vio en peligro de muerte un día que los diezmaron a todos por el asesinato de un moro perverso, cuyo cadáver apareció embutido en una letrina. El tío Ventolera se acordaba también de los relatos que hacía su padre de la época en que Ibiza tenía corsarios y llegaban a su puerto embarcaciones apresadas, con moras y moros cautivos. Los prisioneros comparecían ante el «escribano de presas» como testigos del suceso, y se les exigía juramento de verdad «por Alaquivir, el Profeta y su Alcorán, alto el brazo y el dedo índice, mirando su rostro al nacimiento del sol». Mientras tanto, los duros corsarios ibicencos, al repartirse el botín, apartaban un fondo para la compra de sábanas destinadas a convertirse en vendajes de sus futuras heridas, y dejaban otra parte de las ganancias para que «un sacerdote celebrase misa todos los días mientras ellos estuviesen fuera de la isla».

El tío Ventolera pasaba de Riquer a otros valerosos patrones de corsos anteriores a él; pero Jaime, molestado por su charla, en la que latía un deseo de asombrar a la isla de Mallorca, vecina y enemiga, acabó por impacientarse.

—¡Que son las doce, abuelo!... Vámonos; ya no pican.

El viejo miró el sol, que sobrepasaba la cumbre del Vedrá. Aún no era mediodía, pero faltaba poco. Luego miró el mar; el señor tenía razón: ya no picarían los peces, pero él estaba satisfecho de la jornada.

Con sus brazos enjutos tiró de la cuerda, izando la pequeña vela triangular de la embarcación. Ésta se inclinó sobre un costado, cabeceó un poco sin moverse del sitio, y de repente empezó a cortar el agua con suave murmullo. Salieron del canal, dejando atrás el Vedrá y siguiendo la costa de Ibiza. Jaime empuñaba el timón, mientras el viejo, manteniendo el cesto de la pesca entre su rodillas, iba contando y manoseando las piezas con avaro deleite.

Doblaron un cabo y apareció una nueva sección de la costa. Sobre un montículo de peñas rojas, cortado a trechos por manchas obscuras de matorrales, destacábase una torre ancha y amarilla, un cilindro achatado, sin más huecos por la parte del mar que una ventana, negro agujero de contornos irregulares. En el coronamiento de la torre, una tronera que había servido en otros tiempos para un pequeño cañón recortaba su tajadura sobre el azul del cielo. A un lado del promontorio, cortado a pico sobre el mar, descendía el terreno, cubriéndose de verde con arboledas bajas y frondosas, entre las cuales asomaba la mancha blanca de un exiguo caserío.

La embarcación hizo rumbo a la torre, y al llegar cerca de ella desvióse hacia una playa inmediata, chocando su proa en el fondo de grava. El viejo amainó la vela y aproximó la embarcación a una roca aislada en medio de la playa, de la cual pendía una cadena. Amarró a ella la barca, y luego saltaron a tierra él y Jaime. No quería poner en seco la embarcación; pensaba volver al mar aquella tarde, luego de comer: asunto de calar unos palangres, que recogería a la mañana siguiente. ¿Le acompañaba el señor?... Febrer hizo un gesto negativo, y el viejo se despidió de él hasta la madrugada siguiente. Le despertaría desde la playa cantando el Introito cuando aún hubiera estrellas en el cielo. El amanecer debía sorprenderles en el Vedrá. ¡A ver si el señor salía pronto de su torre!

Se alejó el viejo tierra adentro, llevando pendiente de un brazo el cesto de pescado.

—Déle usted mi parte a Margalida, tío Ventolera, y que me traigan pronto la comida.