Pepet abandonó su posición de bestezuela en descanso, libertando las piernas encogidas del anillo de los brazos para erguirse de un salto... Era Margalida la que llamaba... Su padre debía reclamarle para algún trabajo, en vista de su tardanza.
El señor le retuvo por un brazo.
—Déjala que venga—dijo sonriendo—. Hazte el sordo, para que grite.
El Capellanet enseñó los nítidos dientes en la obscuridad de su cara bronceada. Sonrió el pillete, satisfecho de esta inocente complicidad, y quiso aprovecharse de ella, hablando al señor con atrevida confianza.
¿De veras que pediría para él, al siñó Pep, el cuchillo del abuelo? ¡Ay, el gabinet del güelo! Estaba siempre presente en su memoria.
—Sí, lo tendrás—dijo Jaime—. Y si tu padre no te lo da, yo te compraré el mejor que encuentre en Ibiza.
El muchacho se frotó las manos, brillándole los ojos con fulgores salvajes.
—Es sólo para que seas hombre como los otros—continuó Febrer—; pero ¡nada de usarlo! Un simple adorno nada más.
Pepet, ansioso de realizar cuanto antes su deseo, contestó con enérgicos movimientos de cabeza. Sí; un adorno nada más... Pero sus ojos se obscurecieron con una duda cruel... Un adorno; pero si alguien le ofendía llevando tal compañero, ¿qué debe hacer un hombre?...
—¡Pepet!... ¡Atlot!