El payés extremó su falsa indignación. ¡Treinta! ¿Creían acaso que él no necesitaba descanso y que iba a pasar la noche en vela presenciando sus galanteos?...

Luego se calmó, entregándose a complicados cálculos mentales, mientras repetía pensativo, con expresión de asombro: «¡Trenta!... ¡trenta!

Su decisión fue autoritaria. Él no podía dedicar al noviazgo más que hora y media de la noche. Siendo treinta, salían a tres minutos por cabeza. Tres minutos, contados reloj en mano, para hablar cada uno con Margalida: ni un minuto más. Noches de noviazgo, la del jueves y la del sábado. Cuando él había cortejado a su mujer eran muchos menos los pretendientes, y sin embargo, su suegro, un hombre al que jamás vio nadie reír, no le concedió mayor tiempo... Mucha formalidad, ¿eh? Nada de rivalidades y riñas. Al primero que faltase a lo convenido, él era muy nombre para hacerle pasar la puerta a palos; y si resultaba preciso coger la escopeta, la cogería.

El buen Pep, satisfecho de poder fingir una bravura sin límites a costa del respeto de los pretendientes de su hija, amontonaba bravata sobre bravata, hablando de matar al que faltase a lo convenido, mientras los atlots le escuchaban con la vista humilde y una mueca de ironía debajo de la nariz.

El trato quedó cerrado. El jueves próximo sería la primera velada en Can Mallorquí. Febrer, que había escuchado la conversación, miró al verro que se mantenía aparte, como si su grandeza no le permitiera descender a los míseros regateos de este arreglo.

Cuando se alejaron los muchachos para incorporarse al corro, discutiendo en voz baja el modo de repartirse los turnos, cesó el Cantó en su lastimera poesía, lanzando el último cacareo con voz dolorosa, que parecía desgarrar definitivamente su pobre garganta. Se limpió el sudor y luego se llevó las manos al pecho; su cara era de un rojo amoratado; pero la gente le volvía la espalda, olvidada ya de él.

Las atlotas, con una solidaridad de sexo, envolvían a Margalida en vehementes manoteos, la empujaban, pidiéndola que cantase para contestar a lo que había dicho el cantor sobre la falsedad de las mujeres.

¡No vullc!¡no vullc!—contestaba «Flor de almendro», agitándose entre los brazos de sus compañeras.

Y tan sincera era su resistencia, que al fin intervinieron las mujeres viejas, defendiéndola. «¡Dejad a la atlota! Margalida había venido para divertirse y no para entretener a los demás. ¿Creían empresa fácil sacarse de la cabeza repentinamente una contestación en verso?...»

El tamborilero había recobrado el instrumento de manos del Cantó, y golpeaba con su baqueta el redondo parche. La flauta parecía gargarizar rápidas escalas, antes de emprender la adormecedora melodía de africano ritmo. ¡Siga el baile!...