Una mañana, cuando el capitán y el segundo estaban en el salón de popa, indecisos entre salir aquella misma noche ó esperar cuatro días más, como lo solicitaban los dueños de la carga, se presentó el tercer oficial, un joven andaluz, que parecía emocionado por la noticia de que era portador. Una señora muy hermosa y muy elegante—el joven apoyó con su admiración estos detalles—acababa de llegar en un bote, y sin pedir permiso había subido la escala, metiéndose en el buque como si fuese su vivienda propia.
A Tòni le dió un vuelco el corazón. Su rostro moreno tomó una palidez de ceniza. «¡Cristo!... ¡la de Nápoles!» El no sabía quién era la de Nápoles, no la había visto nunca, pero tenía la certeza de que llegaba como un estorbo fatal, como una calamidad inesperada. ¡Tan bien que marchaban las cosas!...
El capitán hizo girar su sillón, despegándose de la mesa, y en dos saltos salió á la cubierta.
Algo extraordinario perturbaba á los tripulantes. Todos estaban arriba, como si una atracción poderosa los hubiese arrancado de los sollados, del fondo de las bodegas, de los metálicos corredores de las máquinas. Hasta el tío Caragòl sacaba su cara episcopal por la puerta de la cocina, llevándose una mano cerrada en forma de telescopio á uno de sus ojos, sin llegar á distinguir claramente la anunciada maravilla.
Freya estaba á pocos pasos, con un traje azul que tenía algo de marino, como si esta visita al buque impusiera á su elegancia la necesidad de imitar el porte de las multimillonarias que viven en un yate. Los marineros fingían trabajos extraordinarios para aproximarse á ella, limpiando cobres ó encerando maderas. Sentían la necesidad de respirarla, de vivir en el ambiente perfumado que la envolvía, siguiendo sus pasos.
Al ver al capitán le tendió una mano simplemente, lo mismo que si se hubiesen visto el día anterior.
—¡No se quejará usted, Ferragut!... Como no le encontraba en el hotel, he sentido la necesidad de visitarle en su buque... Deseaba conocer su casa flotante. Todo lo de usted me interesa.
Parecía otra mujer. Ulises se dió cuenta del gran cambio que se había efectuado en su persona durante los últimos días. Sus ojos eran atrevidos, incitantes, de un impudor tranquilo. Toda ella parecía ofrecerse. Sus sonrisas, sus palabras, su modo de marchar por la cubierta hacia las cámaras del buque, denotaban una resolución de dar fin cuanto antes á su larga resistencia, cediendo á los deseos del marino.
A pesar de los anteriores fracasos, éste sintió de nuevo la alegría del triunfo. «¡Ahora va á ser! Mi ausencia la ha vencido...» Y al mismo tiempo que paladeaba la dulce satisfacción del amor y el orgullo triunfantes, un vago instinto le sugirió la sospecha de que esta mujer, repentinamente transformada, tal vez le quería menos ahora que en los días anteriores, cuando se resistía, aconsejándole que huyese.
En el comedor hizo la presentación de su segundo. El rudo Tòni experimentó el mismo deslumbramiento que había perturbado á todos los del buque. ¡Qué mujer!... En el primer instante excusó y comprendió la conducta de su capitán. Luego, sus ojos quedaron fijos en ella con una expresión de alarma, como si su presencia le hiciese temblar por la suerte del vapor.