Luego había surgido la provocación inglesa. Como un traidor de melodrama, el gobierno británico venía preparando la guerra desde larga fecha, no queriendo presentarse hasta el último momento. Y Alemania, amante de la paz, tenía que defenderse de este enemigo, el peor de todos.

—¡Dios castigará á Inglaterra!—afirmaba la doctora mirando á Ulises.

Y éste, para no defraudarla, en sus esperanzas, movía la cabeza galantemente... Por él podía castigarla Dios.

Pero al expresarse de tal modo se sentía agitado por una nueva dualidad. Los ingleses habían sido buenos camaradas; recordaba agradablemente sus navegaciones como oficial á bordo de buques británicos. Al mismo tiempo le producía cierta irritación su poder creciente, invisible para los hombres de tierra adentro, monstruoso para los que viven en el mar. Se les encontraba como dominadores en todos los océanos ó sólidamente instalados en todas las costas estratégicas y comerciales.

La doctora, como si adivinase la necesidad de atizar su odio contra el gran enemigo, apelaba á los recuerdos históricos: Gibraltar robado por los ingleses; las piraterías de Drake; los galeones de América apresados con metódica regularidad por las flotas británicas; los desembarcos en las costas de España, que habían perturbado la vida de la Península en otros siglos. Inglaterra, al iniciar su grandeza en el reinado de Elisabeth, era del tamaño de Bélgica. Si se había hecho enorme, era á costa de los españoles y luego de Holanda, hasta dominar el mundo entero.

Y con tanta vehemencia hablaba la doctora en inglés da las maldades de Inglaterra contra España, que el impresionable marino acabó por decir espontáneamente:

—¡Que Dios la castigue!...

Pero aquí reaparecía el navegante mediterráneo, el Ulises complicado y contradictorio. Se acordó de pronto de las reparaciones de su buque, que debían ser indemnizadas por Inglaterra.

«¡Que Dios la castigue... pero que espere un poco!», murmuró en su pensamiento.

La imponente profesora se exasperaba al hablar de la tierra en que vivía.