—¡Mi tiburón! ¡Mi lobo marino, que me ha hecho esperar hasta estas horas!... ¡Júrame que no me has sido infiel!... Deja que te respire. Yo percibo en seguida la huella de otra mujer.

Oliéndole las barbas y el rostro, su boca se aproximó á la del marino.

—No, no has sido infiel... Encuentro aún mi perfume... ¡Oh Ulises! ¡héroe mío!...

Le besó con aquel beso absorbente que parecía apropiarse toda la vida de él, obscureciendo su pensamiento, anulando su voluntad, haciéndole temblar del occipucio á los talones. Todo quedó olvidado: ofensas, despechos, propósitos de partida... Y cayó, como siempre, vencido bajo la caricia vampiresca.

Se hizo la obscuridad; una obscuridad poblada de suspiros y misteriosos rumores. Una hora después, cuando el silencio era absoluto, sonó quedamente la voz de Freya. Recapitulaba lo que no se habían dicho, pero que los dos pensaban á la vez.

—La doctora cree que debes quedarte. Deja que tu buque se marche con ese fauno feo que sólo sirve de estorbo. Que te espere allá en tu tierra... Tú puedes hacernos aquí un gran favor... Ya lo sabes: te quedas... ¡Qué felicidad!

El destino de Ferragut era obedecer á esta voz amorosa y dominadora... Y en la mañana siguiente, Tòni le vió llegar al vapor con un aire de mando que no admitía réplica. Mare nostrum debía partir cuanto antes con rumbo á Barcelona. Confiaba el mando á su segundo. Iría á reunirse con él tan pronto como terminase ciertos asuntos que le retenían en Nápoles.

Tòni dilató sus ojos con un gesto de sorpresa. Quiso responder, pero quedó con la boca abierta, sin atreverse á dar salida á sus palabras... Era el capitán, y él no iba á permitirse objeciones á todas sus órdenes.

—Está bien—dijo finalmente—. Sólo te ruego que vuelvas cuanto antes á encargarte del mando... No olvides lo que pierdes teniendo el buque amarrado.

Pocos días después de la partida del vapor, cambió radicalmente el modo de vivir de Ulises.