«¿En dónde te has metido?—se preguntaba con remordimiento—. ¿Cómo terminará todo esto?...»

Pero al sonar los pasos de ella en la habitación inmediata, al percibir la onda atmosférica producida por el desplazamiento de su adorable cuerpo, se replegaba en su interior esta segunda persona y un telón opaco caía en su memoria, dejando visible únicamente la realidad actual.

Con la sonrisa beatífica de los fumadores de opio, aceptaba la caricia turbadora de sus labios, el enroscamiento de sus brazos, que le oprimían como boas de marfil.

—¡Ulises! ¡dueño mío!... Los minutos que me separo de ti me pesan como siglos.

El, en cambio, había perdido la noción del tiempo. Los días se embrollaban en su memoria, y tenía que pedir ayuda para contar su paso. Llevaba una semana en casa de la doctora, y unas veces creía que el dulce secuestro era sólo de cuarenta y ocho horas, otras que había transcurrido cerca de un mes.

Salían poco. La mañana transcurría insensiblemente entre los largos desperezamientos del despertar y los preparativos del almuerzo, confeccionado por ellos mismos. Si había que ir en busca de un comestible olvidado el día antes, era ella la que se encargaba de la expedición, queriendo evitarle todo contacto con la vida exterior.

Las tardes eran tardes de harén, pasadas sobre el diván ó tendidos en el suelo. Ella entonaba á media voz cantos orientales incomprensibles y misteriosos. De pronto saltaba impetuosamente, como un muelle que se despliega, como una serpiente que se yergue, y empezaba á bailar casi sin mover los pies, ondulando sus ágiles miembros... Y él sonreía con estúpido arrobamiento, tendiendo la diestra hacia un taburete árabe cargado de botellas.

Freya cuidaba de la provisión de licores más aún que de los comestibles. El marino estaba ebrio, con una borrachera sabiamente dosificada que nunca iba más allá del período de color de rosa. ¡Pero era tan feliz!...

Comían fuera de la casa. Algunas veces sus salidas eran á media tarde, é iban á los restoranes de Possilipo ó del Vomero, los mismos que lo habían conocido á él como suplicante sin esperanza, y le veían ahora llevándola del brazo con orgulloso aire de posesión. Si les sorprendía la noche en su encierro, se dirigían á toda prisa á un café del interior de la ciudad, una cervecería, cuyo dueño hablaba en voz baja con Freya, empleando el idioma alemán.

Siempre que la doctora estaba en Nápoles los sentaba á su mesa, con el aire de una buena madre que recibe á su hija y á su yerno. Sus lentes escrutadores parecían registrar el alma de Ferragut, como si dudasen de su fidelidad. Luego se enternecía en el curso de estos banquetes, compuestos de fiambres á uso alemán, con gran abundancia de bebidas. El amor era para ella lo más hermoso de la existencia, y no podía ver á los dos enamorados sin que un vaho de emoción empañase los cristales de sus segundos ojos.