—¡Es la guerra!—dijo Freya.

—¡Claro que es la guerra!—repuso la doctora, como si le ofendiese el tono de excusa de su amiga—. Y es también nuestro derecho. Nos bloquean, quieren matar de hambre á nuestras mujeres y nuestros niños, y nosotros les matamos á los suyos.

Sintió el capitán la necesidad de protestar, sin hacer caso de los gestos de su amante y de sus tirones ocultos. La doctora le había dicho muchas veces que Alemania no conocería nunca el hambre, gracias á su organización, y que podía resistirse años y años con el consumo de sus propios productos.

—Así es—contestó la dama—. Pero la guerra hay que hacerla feroz, implacable, para que dure menos. Es un deber humano aterrar á los enemigos con una crueldad que vaya más allá de lo que puedan imaginarse.

El marino durmió mal aquella noche, con una visible preocupación. Freya adivinó la presencia de algo que encapaba al influjo de sus caricias. Al día siguiente persistió este alejamiento pensativo, y ella, conociendo la causa, quiso disiparlo con sus palabras...

Los torpedeamientos de vapores indefensos sólo se hacían en las costas de Inglaterra. Había que cortar, fuese como fuese, el abastecimiento de la isla odiada.

—En el Mediterráneo no ocurrirá nunca eso. Puedo asegurártelo... Los submarinos sólo atacarán á los buques de guerra.

Y como si temiese un renacimiento de los escrúpulos de Ulises, extremó sus seducciones en las tardes de voluptuoso encierro. Se renovaba, para que su amante no conociese el hastío. El, por su parte, llegó á creer que vivía á la vez con varias mujeres, lo mismo que un personaje oriental. Freya, al multiplicarse, no hacía mas que girar sobre sí misma, mostrándole una nueva faceta de su pasada existencia.

El sentimiento de los celos, la amargura de no haber sido el primero y el único, rejuvenecía la pasión del marino, alejando el cansancio de la hartura, dando á las caricias de ella el sabor acre, desesperado y atrayente al mismo tiempo de una forzosa confraternidad con ignorados antecesores.

Dejando libres sus encantos, iba y venía por el salón, segura de su hermosura, orgullosa de su cuerpo duro y soberbio, que no había cedido aún bajo el paso de los años. Unos chales de colores le servían de vestiduras transparentes. Agitándolos como fragmentos de arco iris en torno de su marfileña desnudez, esbozaba las danzas sacerdotales, las danzas al terrible Siva que había aprendido en Java.