Terminada la comida, andaban por las calles más obscuras ó seguían los paseos de la ribera, huyendo de la gente. Una noche se detuvieron en los jardines de la Villa Nazionale, junto al banco que había presenciado su lucha á la vuelta de Possilipo.
—¡Aquí me quisiste matar, ladrón!... ¡Aquí me amenazaste con tu revólver, bandido mío!...
Ulises protestó... «¡Vaya un modo de recordar las cosas!» Pero ella dió fin á sus rectificaciones con un autoritarismo audaz y mentiroso.
—Fuiste tú... ¡fuiste tú!... Lo digo y basta. Es preciso que te acostumbres á aceptar lo que yo afirme.
En la cervecería donde comían las más de las noches, falso salón medioeval, con vigas de artesonado hechas á máquina, paredes de yeso imitando el roble y vidrieras neogóticas, el dueño mostraba como gran curiosidad un jarro de figurillas grotescas entre los bocks de porcelana que adornaban las repisas del zócalo.
Ferragut lo reconoció inmediatamente: era un jarro antiguo peruano.
—Sí; es una huaca—dijo ella—. Yo también he estado allá... Nos dedicábamos á fabricar antigüedades.
Freya interpretó mal el gesto que hizo su amante. Creyó que se asombraba ante lo inaudito de esta fabricación de recuerdos incásicos. «Alemania es grande. Nada se resiste al poder de adaptación de su industria...»
Y los ojos de ella brillaron con un fuego de orgullo al enumerar estas hazañas de falsa resurrección histórica. Habían llenado museos y colecciones particulares de estatuillas egipcias y fenicias recién hechas. Luego habían fabricado en tierra alemana antigüedades del Perú para venderlas á los viajeros que visitaban el antiguo Imperio de los incas. Unos indígenas á sueldo se encargaban de desenterrarlas oportunamente, con gran publicidad. Ahora, la moda favorecía al arte negro, y los coleccionistas buscaban los ídolos horribles de madera tallados por las tribus del interior de África.
Pero lo que interesaba á Ferragut era el plural empleado por ella al hablar de tales industrias. ¿Quién fabricaba las antigüedades peruanas?... ¿Era su marido el sabio?...