—Quiero conocerte—repitió—. Debo conocerte, ya que me perteneces. ¡Tengo derecho!...
Este derecho, invocado con una testarudez infantil, hizo sonreír á Freya dolorosamente. Largos siglos de experiencia parecieron asomar en el fruncimiento melancólico de su boca. Brilló en ella la sabiduría de la mujer, más cauta y previsora que la del hombre, por ser el amor su única preocupación.
—¿Por qué quieres saber?—preguntó con desaliento—. ¿Qué adelantas con eso?... ¿Serás acaso más feliz cuando sepas?...
Calló durante algunos pasos, y luego dijo sordamente:
—Para amar no es preciso conocerse. Todo lo contrario: un poco de misterio mantiene la ilusión y aleja la hartura... El que quiere saber nunca es dichoso.
Siguió hablando. La verdad tal vez era buena en las otras cosas de la existencia, pero resultaba fatal para el amor. Era demasiado fuerte, demasiado cruda. El amor se asemejaba á ciertas mujeres, bellas como diosas á una luz artificial y discreta, horribles como monstruos bajo los resplandores quemantes del sol.
—Créeme: repele esas quimeras del pasado. ¿No te basta el presente?... ¿No eres feliz?
Y necesitando convencerla de que lo era, pobló aquella noche el cerrado misterio del dormitorio con una serie interminable de voluptuosidades feroces, exasperadas, que hicieron caer á Ulises en un anonadamiento pesado y dulce á la vez.
Tenía la convicción de su vileza. Adoraba y detestaba á esta mujer que dormía á su lado con un cansancio impuro... ¡Y no poder separarse!...
Ansioso de encontrar una excusa, evocó la imagen de su cocinero tal como era cuando filosofaba en el rancho de la marinería. Para desear los mayores males á un enemigo, este varón cuerdo formulaba siempre el mismo anatema: «¡Permita Dios que encuentres una mujer arreglada á tu gusto!...»