—¿Es guapa?—preguntó el muchacho con avidez.
—Guapísima—repuso Caragòl—. ¡Y unos olores!... ¡y un ruido de ropas finas!...
Telémaco se estremeció con una sensación contradictoria de orgullo y de envidia. Admiró á su padre una vez más, pero esta admiración sólo duró breves instantes. Una nueva idea se apoderó de él, mientras el cocinero seguía hablando.
—No vendrá por ahora. Conozco lo que son esas mujeres elegantes y llenas de perfumes: verdaderos demonios que enclavijan sus uñas cuando agarran y hay que cortarles las manos para que suelten... ¡Y el buque sin trabajar, como si estuviese varado, mientras que los otros se llenan de oro!... Créeme, hijo mío: en el mundo sólo esto es verdad.
Y acabó de beberse de un trago todo lo que quedaba del segundo vaso.
Mientras tanto, el muchacho seguía dando forma en su pensamiento á una idea sugerida por la dulce embriaguez. ¡Si él fuese á Nápoles para traer á su padre!...
En este momento todo le parecía posible. El mundo era de color de rosa, como siempre que lo contemplaba vaso en mano junto al tío Caragòl. Los obstáculos resultaban blandos, todo se arreglaba con prodigiosa facilidad; los hombres podían caminar á saltos.
Pero horas después, cuando su pensamiento quedó limpio de nubes seductoras, sintió miedo acordándose de su padre. ¿Cómo le recibiría al verle llegar?... ¿Qué excusa darle de su presencia en Nápoles?... Tembló evocando la imagen de su ceño fruncido y sus ojos irritados.
Al día siguiente, una repentina confianza se sobrepuso á esta inquietud. Se acordó del capitán tal como le había visto algunas veces al celebrar desde la cubierta del buque sus hazañas de remero en el puerto de Barcelona ó al comentar con los amigos la inteligencia y la fuerza de su hijo. La imagen del héroe paterno surgía ahora en su memoria con los ojos bondadosos y una sonrisa que parecía agitar como un viento dulce el bosque de sus barbas.
Le diría toda la verdad. Le haría saber que llegaba á Nápoles para llevárselo, como un buen camarada que socorre á otro en un peligro. Tal vez se irritase y le diese un golpe; pero él conseguiría su propósito.