Al entrar en el cuarto del hotel, frecuentado por oficiales de los buques mercantes, encontró á Ferragut sentado junto á un balcón, desde el que se veía todo el puerto viejo.
Estaba más flaco, con los ojos hundidos y mates, la barba revuelta y un olvido manifiesto en su persona.
—¡Tòni!... ¡Tòni!...
Se abrazó á su segundo, mojándole el cuello de lágrimas. Por primera vez conseguía llorar, y esto pareció darle cierto alivio. La presencia del piloto le devolvía á la vida; se aglomeraron en su memoria los olvidados recuerdos de negocios y viajes. Tòni resucitaba todas las energías del pasado; era como si el Mare nostrum viniese en busca de él.
Sintió vergüenza y remordimiento. Este hombre conocía su secreto: era el único á quien había hablado del aprovisionamiento de los sumergibles alemanes.
—¡Mi pobre Esteban!... ¡Mi hijo!
No vacilaba en establecer una fatalista relación entre la muerte de su hijo y aquel viaje ilegal, cuya memoria le pesaba como un pecado monstruoso. Pero Tòni fué discreto. Lamentó la muerte de Esteban como una desgracia en la que su padre no había tenido intervención alguna.
—También yo he perdido hijos... y sé que nada se gana desesperándose... ¡Serenidad!
No dijo una palabra de todo lo anterior al trágico suceso. De no conocer Ferragut á su segundo, habría podido creer que lo tenía olvidado. Ni el más leve gesto, ni una luz en sus ojos que revelase el despertar del maligno recuerdo. Su única preocupación era que el capitán recobrase pronto la salud...
Reanimado por la presencia y las palabras de este compañero prudente, Ulises recuperó sus fuerzas, y pocos días después abandonó el cuarto donde había creído morir, dirigiéndose á Barcelona.