—Te he seguido desde aquí en tus viajes. A la vuelta conocía tus olvidos, tus infidelidades. Me lo contaban todos los papeles encontrados en tus bolsillos, las fotografías perdidas entre tus libros, las alusiones de tus camaradas, tus sonrisas de orgullo, el aire satisfecho con que volvías muchas veces, una serie de costumbres y cuidados de tu persona que no tenías al salir de aquí... Adivinaba también en tus caricias atrevidas la presencia oculta de otras mujeres que viven lejos, al otro lado del mundo.
Detuvo su alborotado lenguaje unos instantes, dejando que se extinguiese la llamarada del recuerdo impúdico que había enrojecido su palidez.
—Todo lo despreciaba—continuó—. Yo conozco á los hombres de mar: soy hija de marino. Muchas veces vi á mi madre llorando, y su simplicidad me dió lástima. No hay que llorar por lo que hacen los hombres en lejanas tierras. Es siempre amargo para una mujer que ama á su marido, pero no trae consecuencias, y debe perdonarse... Pero ahora... ¡ahora!...
La esposa se irritó al evocar las infidelidades recientes... Ya no eran sus rivales las mercenarias de los grandes puertos, ni las viajeras que sólo pueden dar unos días de amor, como una limosna que se arroja sin detener el paso. Ahora se había enamorado con entusiasmos de jovenzuelo de una dama elegante y hermosa, de una extranjera que le hacía olvidar sus negocios, abandonar su barco y permanecer lejos, como si renunciase á su familia para siempre... Y el pobre Esteban, huérfano por el olvido de su padre, iba en busca de él con la impetuosidad aventurera heredada de sus ascendientes, y la muerte, una muerte horrible, le salía al encuentro en su camino.
Algo más que el dolor de la esposa ultrajada vibró en los lamentos de Cinta. Era la rivalidad con aquella mujer de Nápoles que ella creía una gran señora con todos los atractivos de la riqueza y de un alto nacimiento; la envidia por sus armas superiores de seducción; la rabia por su propia modestia y su humildad de mujer casera.
—Yo estaba resuelta á ignorarlo todo—siguió diciendo—. Tenía un consuelo: mi hijo. ¿Qué me importaba lo que tú hicieses?... Estabas lejos y mi hijo vivía á mi lado... ¡Y ya no lo veré más!... ¡Mi destino es vivir eternamente sola! Tú sabes que no puedo ser madre otra vez; que estoy enferma y no puedes darme otro hijo... Y eres tú, ¡tú! quien me ha quitado el único que tenía...
Su imaginación fabricó las más inverosímiles deducciones para explicarse á sí misma esta pérdida injusta.
—Dios quiere castigarte por tu mala vida, y ha matado por eso á Esteban y me matará lentamente á mí... Cuando supe su muerte quise arrojarme por el balcón. Vivo aún porque soy cristiana; pero ¡qué existencia me espera! ¡Qué vida para ti, si eres verdaderamente un padre!... Piensa que tu hijo existiría si no te hubieses quedado en Nápoles.
Ferragut era digno de lástima. Bajaba la cabeza, sin fuerzas para repetir las desordenadas y mentirosas protestas con que había acogido las primeras palabras de su esposa.
«¡Si ella supiese toda la verdad!», repitió en su cerebro la voz del remordimiento.