Así habían osado despegarse de las costas, perder de vista la tierra, aventurarse en el desierto azul, avisados de la existencia de las islas por las gibas vaporosas de las montañas que se marcaban en el horizonte al ponerse el sol. Cada avance en el Mediterráneo de esta marina balbuciente había representado mayores derroches de audacia y energía que el descubrimiento de América ó el primer viaje alrededor del mundo... Estos nautas primitivos no se lanzaban solos á las aventuras del mar: eran pueblos en masa; llevaban con ellos familias y animales. Las tribus, una vez instaladas en una isla, soltaban fragmentos de su propia vida, que iban á colonizar, á través de las olas, otras tierras cercanas.

Ulises y su segundo pensaron en las grandes catástrofes ignoradas por la Historia: la tempestad sorprendiendo al éxodo navegante, las flotas enteras de rudas balsas sorbidas por el abismo en unos minutos, las familias muriendo abrazadas á sus animales domésticos cuando iban á intentar un nuevo avance de su embrionaria civilización.

Para formarse una idea de lo que eran sus pequeñas embarcaciones, Ferragut recordaba las flotas de los poemas homéricos, creadas muchos siglos después. Los vientos infundían un terror religioso á los guerreros del mar reunidos para caer sobre Troya. Sus buques permanecían encadenados un año entero en los puertos de Aulide por miedo á la hostilidad de la atmósfera, y para aplacar á las divinidades del Mediterráneo sacrificaban la vida de una virgen.

Todo era peligro y misterio en el reino de las ondas. Los abismos rugían, los peñascos ladraban, los escollos eran sirenas cantoras que iban atrayendo con su música á las naves para despedazarlas. No había isla sin dios particular, sin monstruo, sin cíclope ó sin maga urdidora de artificios. El terror era la primera divinidad de los mares. El hombre, antes de domesticar á los elementos, les tributó el más supersticioso de sus miedos.

Un factor material había influido poderosamente en los cambios de la vida mediterránea. La arena, movida al capricho de las corrientes, arruinaba á los pueblos ó los subía á la cumbre de una inesperada prosperidad. Ciudades célebres en la Historia no eran actualmente mas que calles de ruinas al pie de un montículo coronado por los restos de un castillo fenicio, romano, bizantino, sarraceno ó del tiempo de las Cruzadas. En otros siglos habían sido puertos famosos: ante sus muros se libraron batallas navales. Ahora, desde su derruida acrópolis apenas se alcanzaba á ver el Mediterráneo como una leve faja azul al final de la llanura baja y pantanosa. La arena había alejado el antiguo puerto del mar con una distancia de leguas... En cambio, ciudades de tierra adentro pasaban á ser lugares de embarque, por la continua perforación de las olas que iban á encontrarlas.

La maldad de los hombres había imitado la obra destructora de la Naturaleza. Cuando una república marítima vencía á otra república rival, lo primero que pensaba era en obstruir su puerto con arena y piedras, en torcer el curso de las aguas, para que se convirtiese en ciudad terrestre, perdiendo sus flotas y su tráfico. Los genoveses, triunfadores de los pisanos, cegaban su puerto con las arenas del Arno, y la ciudad de los primeros conquistadores de Mallorca, de los navegantes á Tierra Santa, de los caballeros de San Esteban, guardianes del Mediterráneo, pasaba á ser Pisa la muerta, población que sólo de oídas conoce el mar.

—La arena—terminaba diciendo Ferragut—ha cambiado en el Mediterráneo las rutas comerciales y los destinos históricos.

De cuantos hechos habían tenido por escenario el mare nostrum, el más famoso para el capitán era la inaudita expedición de los almogávares á Oriente, la epopeya de Roger de Flor, que él conocía desde pequeño por los relatos del poeta Labarta, del Tritón y del pobre secretario de pueblo que soñaba á todas horas con las grandezas pretéritas de la marina de Cataluña.

Todo el mundo hablaba en aquellos meses del bloqueo de los Dardanelos. Los buques que surcaban el Mediterráneo, lo mismo los mercantes que los de guerra, trabajaban para la gran operación militar que se iba desarrollando frente á Gallípoli. El nombre del largo callejón marítimo que separa Europa de Asia estaba en todas las bocas. Las miradas de los humanos convergían en este punto, lo mismo que en los remotos siglos de la guerra de Troya.

—Nosotros también hemos estado allí—decía Ferragut con orgullo—. Los Dardanelos han sido durante varios años de catalanes y aragoneses. Gallípoli fué una ciudad nuestra gobernada por el valenciano Ramón Muntaner.