Luego de saquear el país, los vencedores se establecían en Atenas. Diez años habían durado sus aventuras en Oriente, sus marchas de Constantinopla á las faldas del Taurus, de la península de Gallípoli á la cumbre de la Acrópolis.
—Ochenta años—decía Ferragut al terminar su relato—vivió el ducado español de Atenas y Neopatras ochenta años gobernaron los catalanes esas tierras.
Y señalaba al horizonte, en el que se marcaban como rojas neblinas los lejanos promontorios y montañas de la tierra griega.
El tal ducado fué, en realidad, una República. La Compañía había conferido su corona á los reyes aragoneses de Sicilia, pero éstos no visitaron nunca sus nuevos dominios, delegando el gobierno en mercaderes y hombres de mar.
Atenas y Tebas fueron administradas con arreglo á las leyes de Aragón. Su código fué el «Libro de usos y costumbres de la ciudad de Barcelona». La lengua catalana reinó como idioma oficial en el país de Demóstenes. Los rudos almogávares se casaron con las más altas damas del país, «tan nobles—decía Muntaner—, que años antes no hubiesen desdeñado el presentarles el agua para que lavasen sus manos».
EL Partenón estaba todavía intacto, como en los tiempos gloriosos de la antigua Atenas. El monumento augusto de Minerva, convertido en iglesia cristiana, no había sufrido otra modificación que la de ver una nueva diosa en sus altares, la Virgen Santísima, la Panagia Ateneiotissa. Y en este templo milenario, de soberana belleza, se cantó durante ochenta años el Te Deum en honor de los duques aragoneses y predicaron los sacerdotes en catalán.
La república de aventureros no se ocupó en construir ni en crear. Nada quedó sobre la tierra griega como rastro de su dominación: edificios, sellos ó monedas. Sólo algunas familias nobles, especialmente en las islas, tomaron el nombre patronímico de Catalán.
—Aún se acuerdan de nosotros confusamente, pero se acuerdan—decía Ferragut.
Los campesinos del lago Copais guardaban un recuerdo vago de la batalla de Cefiso, que dió fin al ducado franco de Atenas. «Que la venganza de los catalanes te alcance», fué durante varios siglos en Grecia y en Rumelia la peor de las maldiciones. Para designar á un ser bárbaro y sanguinario, todavía los griegos modernos le apodan «Catalán», y en Morea toda comadre violenta y reñidora se ve insultada por sus vecinas con el nombre de «Catalana».
Así terminó la más gloriosa y sangrienta de las aventuras mediterráneas en la Edad Media; el choque de la rudeza occidental, casi salvaje pero franca y noble, con la malicia refinada y la civilización decadente de los griegos, pueriles y viejos á la vez, que se sobrevivían en Bizancio.