—¡Ulises!—suspiró la mujer, intentando abarcarlo de nuevo con sus brazos.

—¡Tú!... ¡tú!—volvió á repetir el marino con voz sorda.

Era Freya.

No supo ciertamente qué fuerza misteriosa le dictó su gesto. Fué tal vez la voz de los buenos consejos, que hablaba en su cerebro en los instantes críticos y ahora había perdido su cordura... Vió instantáneamente el mar, un buque que estallaba y su hijo hecho pedazos.

—¡Ah... tal!

Levantó el brazo robusto, con el puño cerrado como una maza. La voz de la prudencia seguía dándole órdenes: «¡Duro!... Nada de miramientos. Esta hembra es de revólver.» Y pegó como si su enemigo fuese un hombre, sin vacilación, sin misericordia, concentrando en el puño toda su alma.

El odio que sentía y el recuerdo de los medios agresivos de la alemana le hicieron iniciar un segundo golpe, temiendo un ataque de ella, queriendo repelerlo antes de que lo realizase... Pero quedó con el brazo en alto.

—¡Ay!...

La mujer había lanzado un gemido infantil, bamboleándose, girando sobre sus pies, con los brazos á lo largo del cuerpo, sin intento alguno de defensa... Fué de un lado á otro, lo mismo que si estuviese ebria. Se doblaron sus rodillas, y cayó con la blandura de un paquete de ropas, chocando su cabeza primeramente con el duro brazo de un sitial de roble, yendo después, de rebote, á posarse sobre los almohadones del diván. El resto del cuerpo quedó como un andrajo sobre la alfombra.

Hubo un largo silencio, interrumpido de tarde en tarde por quejidos de dolor. Freya gemía con los ojos cerrados, sin salir de su inercia.