Como estaba de pie frente á él, le bastó levantar las manos para colocarlas sobre sus hombros, iniciando el principio de un abrazo.
Ferragut permaneció insensible á la caricia. Su inmovilidad repelía estas súplicas. Freya había rodado mucho por el mundo, á través de vergonzosas aventuras, y sabría librarse por su propio esfuerzo, sin necesidad de complicarle nuevamente en sus enredos. La historia que acababa de relatar no era para él mas que un tejido de engaños.
—¡Todo falso!—dijo con voz sorda—. No te creo, no te creeré nunca... Cada vez que nos vemos me cuentas una nueva historia... ¿Quién eres? ¿Cuándo dirás la verdad, toda la verdad de una vez?... ¡Embustera!
Ella, insensible á los insultos, siguió hablando de su porvenir angustiosamente, como si se viese rodeada de misteriosos peligros.
—¿Dónde iré si tú me abandonas?... Si me quedo en España, continúo bajo la dominación de la doctora. No puedo volver á los Imperios donde pasé mi vida; todos los caminos están cerrados, y en aquellas tierras renacería mi esclavitud... Tampoco puedo ir á Francia ó Inglaterra: tengo miedo á mi pasado. Cualquiera de mis hazañas anteriores bastaría para que me fusilasen: no merezco menos... Además, me inspira temor la venganza de los míos. Conozco los procedimientos del «servicio» cuando necesita deshacerse de un agente incómodo que está en tierra enemiga. El mismo lo denuncia: comete voluntariamente una torpeza, hace que se extravíen unos documentos, envía una carta comprometedora con falsa dirección, para que caiga en manos de las autoridades del país. ¿Qué haré si tú no me socorres?... ¿Dónde podré rufugiarme?...
Ulises se decidió á contestar, apiadado de su desesperación. El mundo es grande: podía ir á vivir en una república de América.
Ella no aceptó el consejo. Había pensado lo mismo; pero le daba miedo el porvenir incierto.
—Soy pobre: apenas tengo con qué pagar mi viaje... El «servicio» retribuye bien al principio. Después, como nos tiene seguros á causa de nuestro pasado, sólo da lo necesario para vivir con cierto desahogo. ¿Qué voy á, hacer en aquellas tierras?... ¿Debo pasar el resto de mi existencia vendiéndome á cambio del pan?... No quiero: ¡antes morir!
La desesperada afirmación de su pobreza hizo sonreír burlonamente á Ferragut. Miró el collar de perlas eternamente acostado en la admirable almohadilla de su pecho, las gruesas esmeraldas de sus orejas, los brillantes que chisporroteaban fríamente en sus manos. Ella adivinó su pensamiento, y la idea de vender estas joyas le produjo una inquietud mayor que los terrores que le infundía el porvenir.
—Tú no sabes lo que esto representa para mí—añadió—. Es mi uniforme, mi blasón, el salvoconducto que me permite sostenerme en el mundo de mi juventud. Las mujeres que vamos solas por la tierra necesitamos las alhajas para seguir nuestro camino sin obstáculos. Los gerentes del hotel se humanizan y sonríen ante su brillo. Quien las posee no inspira desconfianza, aunque tarde en pagar la cuenta de la semana... Los empleados de las fronteras se muestran galantes: no hay pasaporte más poderoso. Las señoras altivas se ablandan con su centelleo á la hora del té en los halls donde una no conoce á nadie... ¡Lo que yo he sufrido para conseguirlas!... Arrostraría el hambre antes de venderlas. Con ellas se es alguien: puede una persona no tener una moneda en el bolsillo y entrar donde entran los más ricos, viviendo como ellos...