Entró en el salón de popa jadeando todavía, y tomó asiento.
Al quedar bajo el ruedo de luz pálida que derramaba sobre la mesa una lámpara colgante, Tòni se fijó en su hombro izquierdo.
—¡Sangre!...
—No es nada... Un simple rasguño. La prueba es que puedo mover el brazo.
Y lo movió, aunque con cierta dificultad, sintiendo la pesadez de una hinchazón creciente.
—Luego te contaré cómo ha sido esto... Creo que no les quedarán ganas de repetir.
Quedó pensativo un instante.
—De todos modos, conviene que nos vayamos pronto de este puerto... Ve á ver á nuestra gente. ¡Que ninguno hable!... Llama á Caragòl.
Antes de que saliese Tòni, surgió de la obscuridad la cara esplendorosa del cocinero. Venía al salón sin que nadie le llamase, ansioso por saber lo ocurrido, temiendo encontrar moribundo á Ferragut.
Viendo la sangre, su desesperación se expresó con una vehemencia maternal.