—¿Cómo has entrado en Francia?—preguntó él, sin hacer caso de su acento doloroso.

Freya levantó los hombros. En su oficio se cambiaba fácilmente de nacionalidad. Ahora era ciudadana de una república de América. La doctora le había proporcionado los papeles necesarios para pasar la frontera.

—Pero aquí—continuó—me tienen más segura que en una cárcel. Me han dado los medios para entrar, y sólo ellos me pueden hacer salir. Estoy por completo en su poder. ¿Qué harán de mí?...

El terror le había sugerido en ciertos momentos desesperadas resoluciones. Quería denunciarse á sí misma, comparecer ante las autoridades francesas relatando su historia, haciendo saber los secretos de que era poseedora. Pero su pasado le infundía miedo: eran muchas las maldades que llevaba realizadas contra este país. Tal vez la perdonasen la vida teniendo en cuenta la espontaneidad de su acto; pero el presidio, la reclusión con el pelo cortado, vestida de ruda estameña, condenada al silencio, sufriendo tal vez hambre y frío, le inspiraban una repulsión invencible... No: antes la muerte.

Y continuaba su vida de espionaje, cerrando los ojos ante el porvenir, viviendo el momento presente, evitando el pensar, considerándose feliz cuando veía por delante unos cuantos días de seguridad.

El encuentro con Ferragut en una calle de Marsella la había reanimado, dándole nuevas esperanzas.

—Sácame de aquí; guárdame contigo. En tu buque puedo vivir olvidada del mundo, como si hubiese muerto... Y si mi presencia te disgusta, llévame lejos de Francia, déjame en un país lejano.

Deseaba salir de este aislamiento en tierra enemiga teniendo que obedecer á sus superiores, como una fiera enjaulada que recibe pinchazos á través de los hierros. La hacía temblar el presentimiento de su próxima muerte.

—¡Yo no quiero morir, Ulises!... No soy aún vieja para morir. Yo adoro mi cuerpo, soy el primero de mis enamorados, y me aterro al pensar que puedo ser fusilada.

Pasó por sus ojos un reflejo fosfórico; sus dientes chocaron con el castañeteo del terror.