—No llore más, hija mía... ¡Cristo del Grao! ¡llorar una señora tan guapa, que puede encontrar los novios á docenas!... Créame: busque á otro; el mundo está lleno de hombres sin ocupación... Y siempre que sufra un disgusto, acuda á mi cordial... Voy á darle la receta.

Iba á apuntar en un pedazo de papel las dosis de aguardiente de caña y de azúcar, cuando ella se levantó, súbitamente vigorizada, mirando en torno con extrañeza... ¿Por qué estaba allí? ¿Qué tenía que ver con aquel buen hombre medio desnudo que le hablaba como si fuese su padre?...

—¡Gracias! ¡muchas gracias!—dijo al salir de la cocina.

Luego, en la cubierta, se detuvo, abriendo su bolso de oro para sacar el espejito y el bote de polvos. Vió en el óvalo biselado del cristal el rostro faunesco de Tòni asomando detrás de su espalda con miradas de impaciencia.

—Dígale al capitán Ferragut que ya no le molestaré más... Todo terminó... Tal vez oiga hablar de mí alguna vez, pero no me verá nunca.

Y salió del buque sin volver la cabeza, con paso acelerado, como si corriese á la realización de algo que llenaba su pensamiento.

Tòni corrió también hacia el ventano del camarote de Ulises.

—¿Ya se ha ido?—preguntó éste con impaciencia.

El piloto asintió con la cabeza. Se había ido prometiendo no volver.

—Así sea—dijo Ferragut.