Levantó los hombros Ferragut, y en vista de su indiferencia, el viejo no quiso guardar por más tiempo el secreto.
—¡La pájara!—añadió—. Aquella pájara guapetona y perfumada que venía á verle... La de Nápoles... la de Barcelona...
El capitán palideció, primeramente de sorpresa, luego de cólera. ¿Freya en Brest?... ¿Hasta aquí llegaba su espionaje?...
Caragòl continuó su relato. Volvía hacia el buque, y ella, que marchaba por una acera de la calle de Siam, le había reconocido, hablándole cariñosamente.
—Me ha dado recuerdos para usted... Está enterada de que ningún extraño puede entrar en el barco. Me dijo que había intentado venir á verle.
Hizo una rebusca el cocinero en sus bolsillos, sacando un pedazo de papel arrugado, una hoja en blanco arrancada de una carta vieja.
—También me dió este papel, escrito en la misma calle con un lápiz. Usted sabrá lo que dice. Yo no he querido mirarlo.
Ferragut, al tomar el papel, reconoció inmediatamente la letra de ella, pero desigual, nerviosa, trazada con precipitación. Cuatro palabras nada más: «Adiós. Voy á morir.»
«¡Mentiras! ¡Siempre mentiras!», dijo en su cerebro la voz de la cordura.
Rompió el papel, y pasó el resto de la mañana preocupado... Su deber era perseguir este espionaje que venía á realizar su labor en un puerto de guerra... Todos los buques anclados cerca del Mare nostrum estaban bajo la amenaza de sus avisos. ¡Quién podía saber si sus comunicaciones misteriosas servirían para que él también se viese atacado por un submarino al salir de la rada de Brest!...