—Está tocado... ¡Viva! ¡viva!...

Y lo extraño fué que el enemigo desapareció instantáneamente de la superficie azul. Los artilleros dirigieron aún algunos tiros contra su periscopio. Después sólo quedó en el lugar ocupado por él una lámina blanca y brillante.

El vapor marchó hacia esta mancha enorme de aceite, que tomaba al moverse unos reflejos tornasolados.

Los marineros dieron gritos de entusiasmo. Estaban seguros de haber echado á pique al sumergible. Los oficiales eran menos optimistas: «¡Quién sabe!» No le habían visto levantarse verticalmente para hundirse luego por uno de sus extremos como un huso, de punta. Tal vez había sufrido una simple avería que le obligaba á ocultarse.

Para Caragòl era indiscutible la pérdida del submarino. Consideraba innecesario preguntar el nombre del que lo había hecho pedazos.

—Ha sido el de Vannes... Sólo él puede ser.

Los otros artilleros no existían. Y enardecido por su entusiasmo, se escapaba de las manos de dos marineros que habían empezado á vendarle la cabeza con una pulcritud aprendida en los combates terrestres.

Ferragut quedó satisfecho del encuentro. No estaba seguro de la destrucción del enemigo; pero si se había salvado podía llevar la noticia á los otros de que el Mare nostrum era capaz de defenderse.

Su alegría le llevó al lado de Caragòl.

—Muy bien, veterano. Escribiremos al ministro de Marina para que le dé la Cruz de Guerra.